VERGÜENZA COMPARTIDA

Educac2

Rosa Ortega Serrano

Ahora que ha pasado el tiempo y conocemos las causas y asumimos las consecuencias, pasemos a revisar la conciencia colectiva. Mueren un montón de ancianos en residencias y, como son un montón, parece que están amontonados y han perdido su nombre. Trozos de carne acumulados y eviscerados, listos para ser olvidados, personas que están en el origen de nuestras vidas, que son nuestra cultura, a veces nuestro sustento y siempre nuestros grandes amores. Cada uno de ellos y de ellas deja un hueco en el corazón de una familia y al desaparecer modifican la vida de alguien ya para el resto de sus días. ¡Es una locura! Y no parece que haya nadie a quién culpar, para poder hacer este duelo con dignidad. 

Recuerdo cuando se pasó de llamar asilos a los lugares en los que se aparcaba a los mayores, a nombrarles residencias, según la RAE “casa en que se vive”. Mi madre hablaba de residencias, mi abuela de asilos. Con el tiempo descubrí que la nobleza del término es directamente proporcional a las posibilidades que tienes de que tus familiares te lleven a una de estas instituciones. Mi abuela sabía que ella nunca iría, mi madre lo dignificaba, por si acaso. 

Estamos más o menos de acuerdo en que la política es un ecosistema que alberga una especie común llamada “los imbéciles” y que se creen como los jóvenes, inmortales. Siempre en el mismo sillón, siempre bebiendo del néctar de la comodidad. Pero esta vez no basta con nombrar a los culpables, debemos compartir la responsabilidad. Todos necesitamos conocer los hechos para poder cambiarlos: los gestores para no volver a hacer un concierto con una empresa que va a escatimar en recursos humanos y técnicos para gestionar los cuidados. Los ciudadanos para no votar a un grupo de personas que, llevados por sus tintes economicistas y sus seguros médicos privados, nos imponen un modelo más cerca del aparcamiento que de la vivienda digna. 

En este camino de asunción de responsabilidades están nuestras conciencias, esas islas de aceptación y rechazo que tantas veces enmudecen frente a la controversia. Somos nosotros los que no debemos permitir que las residencias existan y si tienen que estar, porque no todos podemos planificar la vejez, que no sean aparcamientos para personas. Las financiamos con nuestros impuestos y forman parte de ese “estado del bienestar” que en situaciones extremas, con pandemia incluida, está mostrando sus grietas. Muchas veces hemos dicho que la educación y la sanidad (también los establecimientos socio-sanitarios o residencias de mayores) no pueden ser un negocio, no es posible obtener beneficios de unos derechos tan importantes, recogidos en los artículos 27 y 43 de la constitución.  

Somos tan tontos que no nos damos cuenta de que si los padres se mueren nos situamos en primera línea de playa, de cara a la muerte.

Lo siento pero este poema estaba elegido desde hace tiempo, antes incluso de volverme pájaro de mal agüero.

Antonio Gamoneda (Oviedo 30 de mayo de 1931) es un poeta español y de avanzada edad al que deseo muchos años de vida, porque necesitamos de su sabiduría.  

Blues del cementerio

Conozco un pueblo –no lo olvidaré–

que tiene un cementerio demasiado grande.

Hay en mi tierra un pueblo sin ventura

porque el cementerio es demasiado grande.

Sólo hay cuarenta almas en el pueblo.

No sé para qué tanto cementerio.

Cierto año la gente empezó a irse

y en muchas casas no quedaba nadie.

El año que la gente empezó a irse

en muchas casas no quedaba nadie.

Se llevaban los hijos y las camas.

Tenían que matar los animales.

El cementerio ya no tiene puertas

y allí entran y salen las gallinas.

El cementerio ya no tiene puertas

y salen al camino las ortigas.

Parece que saliera el cementerio

a los huertos y a las calles vacías.

Conozco un pueblo. No lo olvidaré.

Ay, en mi tierra sin ventura,

no olvidaré a mi pueblo.

¡Qué mala cosa es haber hecho

un cementerio demasiado grande!

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