Héroes anónimos

Jorge García Torrego

Las mañanas de domingo en diciembre son especialmente frías. Oscuras, húmedas y frías. Lo peor para los cuerpos machacados. Sin embargo, sigue habiendo gente que renuncia a quedarse en la cama y se levanta por propio placer, por resistencia, con heroísmo. Dejan a sus parejas dormir un rato más y salen de las habitaciones sin hacer ruido. Son héroes anónimos, héroes que trabajan durante toda la semana y los domingos se convierten en jugadores o jugadoras de fútbol, baloncesto, ciclismo o cualquier otro, qué más da. Salen de casa y el frío no duele, se reúnen con los amigos y no cuesta, ya están en pie, no hay sueño, hay que ganar el partido y celebrar después lo que toque. Algunos se perdieron por el camino, tuvieron lesiones graves, accidentes, poco tiempo libre y algunos sí que se siguen levantando los domingos pero para acompañar a sus hijos, hacer del deporte una pasión compartida.

Hay otros que llevan diez, veinte o treinta años compartiendo vestuarios, celebrando las victorias y las derrotas pero sobre todo la amistad y una pasión, irracional, que no debería ser para ellos, tan alejados de la élite que ven por televisión. Han superado lesiones, disgustos y ahí siguen, cada semana, haciendo equipo. 

Es cierto que hacen falta rodilleras, fajas, tobilleras, coderas… y más café que antes para superar el sueño, y que con los años hay más calvas, más kilos, cuesta más perseguir el balón o seguir la rueda, pero también es cierto que aquel miedo, aquella vergüenza por no ser tan bueno como otros, o quizá por jugar a un deporte de chicos, por ser diferente, todo eso queda atrás. Ya nunca serán profesionales, no buscarán vivir del deporte, pero cada mañana de domingo alguien se despertará en su casa y estará cansado pero no se dará cuenta porque estará feliz: tiene que ir a jugar un partido con sus amigos de siempre. 

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