NUESTRA GENERACIÓN

Rafael de Frutos Brun

Cuando empiezo a escribir estas líneas tengo miedo de no contar con suficientes cuartillas para narrar el revoltijo de recuerdos dando vueltas que hay en mi mente, unas vividas y otras contadas por nuestros mayores, en estos más de ochenta años vividos. Incluso pienso que el orden cronológico tampoco será el perfecto, pero de una manera o de otra lo que intento plasmar es cómo nos ha tocado vivir, mejor dicho sobrevivir, en la tierra que nos vio nacer.

Llegué al mundo cuando mi madre tenía 37 años y lo hice un pueblecito de casi cuatrocientos habitantes cuando faltaban cincuenta días para que comenzase la Guerra Civil, que nos trajo  desgracias y acontecimientos muy desagradables. A mi madre la atendió el médico del pueblo en nuestra casa, al igual que había hecho con mis hermanos. Los primeros recuerdos de mi infancia son los juegos, la escuela, la plaza, los amigos, mis primos e ir conociendo a la gente del pueblo. Recuerdo que el maestro nos enseñaba las letras y cómo juntarlas para formar palabras y nos enseñó a leer y a escribir. Nos habló de los ríos de España. De los reyes godos Ataúlfo, Sigérico, Wamba. También de los quebrados, de la regla de tres, de lo que era un adjetivo o un adverbio, lo que pesaba una arroba y lo que medía una legua. Y nos habló de las estrellas que se veían por la noche y que por el día desaparecían. 

Había otra persona a la que recuerdo con sotana y bonete, hoy en desuso, al que unos llamaban «Mosén» y otros «Páter» que nos enseñaba oraciones para hacer la comunión y nos hablaba de Caín y Abel, de Esaú y Jacob, de Jesús y María y de los profetas.

Otra persona a la que recuerdo era el médico. Si caías enfermo y lo llamabas él acudía a tu casa y te mandaba una purga (ricino), una cataplasma (un taleguito lleno de salvado muy caliente para aplicar en el lugar del dolor), unos sellos o una irrigación en el sitio acostumbrado. Todos los vecinos estábamos “igualados” con el médico. Se le pagaba una cantidad mensual y él atendía a toda la familia tanto si éramos tres como si éramos siete. El médico era el único del pueblo que tenía una “radio galena” con una antena que iba desde la torre a su casa. 

Esto de “la iguala” se llevaba mucho en el pueblo. Al barbero y al herrero se le pagaba “la iguala” en cereal, tanto de trigo o centeno. En cambio, al de “la Electra” siempre se le pagó con dinero el uso de una bombilla en cada casa. 

Otro sistema que se utilizaba con frecuencia era el “trueque”, sobre todo en los comercios. Lugares donde podías adquirir al mismo tiempo, por ejemplo, unas abarcas, medio kilo de escabeche y una sabana. Tú llevabas un jamón de 9 kilos de tu matanza y el comerciante te los cambiaba por 18 kilos de tocino. Al vecino, tú le segabas la hierba (porque se te daba bien el uso de la guadaña) y él te araba una tierra porque tenía una yunta. En las tabernas también te daban un cuartillo vino si llevabas un huevo. 

El pueblo era regido por el Alcalde y cuatro concejales, que actuaban como teniente alcalde, juez de paz y secretario, que era el que más mandaba. El día de la fiesta iban a misa y se sentaban en un banco junto al altar, yendo después con el mosén al ayuntamiento, donde tomaban un convite. 

Me contaban mis padres, que en sus tiempos mozos, dijeron que por encima de la carretera general iba a pasar una avioneta tal día y a tal hora y para allá se fue la juventud, acompañados de la banda de música del pueblo, para ver el aparato que pilotaba el piloto francés Védrines, pero se  equivocaron de día y no vieron la avioneta que sí pasó al día siguiente. Pero lo pasaron bien. 

Llega a nuestra generación el tiempo de empezar a trabajar y, en las zonas rurales con poco trabajo y muchas necesidades, la mayoría nos dedicamos a ayudar en las tareas del campo a los padres. Años difíciles aquellos donde había escasez de todo y gracias a la agricultura y la ganadería de subsistencia el pueblo iba funcionando. 

Las madres y hermanas, van dejando la rueca y el huso  porque en los comercios ya venden las ropas que ellas antes tejían.

Se hacen carreteras nuevas, llega al pueblo el coche de línea, hay correo diario desde Buitrago, desde donde se puede mandar un telegrama en caso de necesidad. 

Una hija del pueblo ha estudiado la carrera de farmacia y monta una en el pueblo y va haciendo las recetas que mande el médico. 

El pueblo se empieza a mover, las cosechas mejoran, los ganaderos, al vender la lana de su ganado, obtienen mayores beneficios. El Estado repuebla con grandes plantaciones de pinos la Sierras Calvas, que proporcionan mucho trabajo y un dinero diario a los vecinos del pueblo. En 1950 llega el teléfono al pueblo y se instala una centralita desde donde se puede hablar con la capital y recibir conferencias con aviso. La juventud siente inquietud y, los más lanzados, salen del pueblo en busca de un trabajo mejor, más compensado y buscando nuevos horizontes, que les proporcionen independencia, beneficios y esperanza. Ellos llaman a sus hermanas y hermanos a trabajar en sus mismas empresas e industrias y se produce una salida masiva de los pueblos. Son ocho horas de trabajo, seguridad social, los sábados se libra, un mes de permiso y días festivos. Es como una luz que se enciende y contagia. En los pueblos merma enormemente la población.  Bien es verdad que llegan problemas nuevos como buscar dónde alquilar donde vivir o dar entrada para un piso, tener que  comprar muebles, una lavadora, después una televisión, más tarde firmar letras para pagar un coche. Los niños van naciendo y originan gastos en colegios, ropas, bicicletas, clase de música, gimnasio y, por supuesto, la compra diaria, porque en la capital hay que comprar hasta el perejil. Pero la tierra que nos vio nacer llama a nuestra puerta y las raíces, la añoranza y el recuerdo nos lleva al corral de la huerta o a derribar el pajar para hacer una casa confortable, incluso con terraza, habitaciones y cocina grande, baño completo y un espacio donde poner limpias y en perfecto estado la trilla, las horcas, los rastros, el arado, las coyundas, la guadaña, la espadadera, la devanadera, la rueca, el huso, la guitarra y una foto de los abuelos el día que se casaron. Ella sentada y él de pie, ambos de traje oscuro. 

Cuando pensaba que había terminado de reflejar lo más importante de nuestra generación, narrando hechos que sucedieron y sueños que cumplimos, formando una familia, intentando hacer un mundo mejor para nuestra familia y nuestra patria, hemos sufrido un contratiempo que ha partido nuestra convivencia antes de tiempo. Nos ha pasado lo que al niño o a la niña que, haciendo un dibujo para la abuela en su cumple, se le cae el tintero cuando está a punto de terminarlo y lo estropea todo. El dibujo queda emborronado y no merece la pena mirarle. A nosotros, al final de nuestro dibujo, nos ha llegado el maldito Covid que nos ha traído dolor, pena, miedo, soledad y nos ha dejado nuestro dibujo maltrecho y se han perdido muchas imágenes que ya sólo estarán en el recuerdo.

Montejo de la Sierra 2021

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