No era un hombre muy alto; más bien regordete, simpático, alegre, canoso con entradas, campechano y muy conversador. Hoy diríamos de él que era un «hombre de mundo», pues había viajado mucho o, mejor dicho, había caminado mucho.
Debió de llegar a Montejo en la primera década de 1900 procedente de Cardoso de la Sierra, y ya era conocido en la zona. Llegó acompañado por su esposa, Bonifacia Bravo —a quien todos llamaban cariñosamente «Boni»—, y sus cinco hijos: Pedro, Elvira, Eusebio, Gregoria y Vicente.
La familia se instaló en una casa de planta baja y primer piso situada en la primera curva que hace la carretera antes de entrar a la plaza. Al cruzar el umbral, a la derecha, se encontraban la cocina —con un ventanuco pequeño—, el portal y la escalera; a la izquierda se situaba la cuadra. En el piso superior destacaba un buen balcón volado hacia la carretera, como si quisiera saludar a todo aquel que llegaba al pueblo. Hoy la casa pertenece a otros propietarios y ha sido completamente renovada, pero el balcón sigue allí, presidiendo la entrada.
Y aquí tenemos al gran protagonista de este escrito. Gregorio fue un adelantado a su tiempo: un padre de familia serrano que, junto a su mujer Boni y sus hijos, llegó a nuestro pueblo buscando una vida mejor.
Él conocía bien los antiguos sistemas de transporte con caballerías y con la tradicional narria, empleada con vacas para mover maderas, piedras, tierra o escombros. La narria consistía en una plataforma rudimentaria de madera —normalmente hecha con ramas de un tronco unidas en forma de abanico y entrelazadas con mimbres y alambres— sobre la cual se colocaba la mercancía para arrastrarla con animales según el peso. También las había más sencillas, hechas con matas de zarza o de «cuerna de cabra», llamadas rastras, que se utilizaban para allanar la tierra de los linares. Todo aquel trabajo era costoso, lento y poco rentable.
Pero para algo se había inventado la rueda. La agudeza rural llevó al desarrollo del carricoche artesanal de madera: ruedas macizas hechas directamente del tronco de un árbol, o muy pesadas compuestas por tablas. Los más expertos con la azuela llegaron a fabricar carretillas —también con rueda de madera— para sacar el estiércol en trayectos cortos.
Más tarde entraron en juego los herreros. Qué fácil nos parece todo esto hoy en día, pero retrocedamos casi doscientos años: ¿dónde estaba el hierro?, ¿quién y en qué lo traía?, ¿quién podía comprarlo?, ¿tenía el herrero los medios que existen ahora (suponiendo que hubiera un herrero a mano)?, ¿dónde estaba el libro de instrucciones o el de reclamaciones? Respetemos, y mucho, a quienes fueron nuestros abuelos.
En medio de todas estas carencias, el «tío Gregorillo» se dio cuenta de las necesidades de la época y se hizo con un carro de vacas, el vehículo que sirvió como pilar del transporte de mercancías en las zonas rurales durante muchísimos años, hasta la llegada de los tractores, las mulillas mecánicas, las «ratonas» y los camiones volquetes (y, con ellos, el asfalto que Gregorio no llegó a conocer).
Gregorio fue precursor y consejero. Enseñaba a los demás aplicando dos máximas sabias: «Las cosas se aprenden haciendo» y «Las cosas se enseñan aconsejando». Eso fue lo que hizo con vecinos como explicándoles los secretos que él conocía:
—Para salir a la carretera de Irún, id por el Santo Roto hacia La Nava y os evitaréis la dura cuesta del Cocinillas y las viñas.
—Para ir a Lozoyuela, es mejor ir por Puentes Viejas, Mangirón y Cinco Villas; es más llano y no tenéis que subir por el Madarquillos, Cara María y el Portachuelo.
—Los ejes del carro no hay que engrasarlos con aceite, sino con trozos de tocino rancio, que duran mucho más.
—A mediodía hay que desuncir las yuntas del yugo para que los animales coman, beban agua, se tumben y descansen.
—Los animales deben estar bien herrados para proteger sus pezuñas, pues trabajan por caminos de tierra y piedras.
Y es que los caminos que le tocó recorrer a Gregorio no estaban forrados de algodón y las vacas eran seres vivos a los que había que cuidar.
Gregorio se dedicaba al transporte de mercancías, muebles y todo lo que hiciera falta mover o transportar. Recorrió media España y vivió situaciones curiosas. Por ejemplo se encontraba con su carro en la Venta de Torrejón de Ardoz el mismo día en que Mateo Morral atentó contra Alfonso XIII, durante su boda en Madrid, donde fue a refugiarse huyendo de la policía.
La llegada de su carro se reconocía a distancia por el alegre sonido de las campanillas que llevaba su yunta colgadas al cuello, compradas por él en alguna feria lejana. Mientras las demás vacas del pueblo llevaban cencerros ordinarios, las del tío Gregorio lucían orgullosas sus campanillas.
Fue un auténtico vanguardista. Su carro de madera de álamo —salvo los ejes y el aro de hierro de las ruedas— contaba con su pértigo, su escalera, sus dentejones y sus tableros. Su «gasolina» eran dos fieles vacas: la Marinera y la Peregrina; su «volante», la vara o hijada con la que guiaba la yunta. Su misión no era otra que trabajar con felicidad para llevar el pan a casa.
Sin saberlo, marcó el camino a otros carreteros que llegaron después, como Mariano «el Turco», Eustasio, Regino o Manolo Frutos (este último con una yunta de bueyes a los que llamaba Brillante y Cortijero). Todos ellos transportaban carbón, patatas e incluso la lana de las ovejas hacia Madrid, llegando hasta Fuencarral para volver cargados de cal para las obras, jabón o pellejos de vino para los pueblos.
Aquel hombre regordete y no muy alto fue un maestro en su trabajo y un precursor del transporte moderno. Se adelantó a su tiempo y puso las primeras piedras para allanar un camino que aún estaba en mantillas.
Junto a su carro, la Marinera y la Peregrina, contó siempre con la ayuda inestimable de Boni: ese «carro invisible» cargado de amor, constancia, paciencia, esperanza, sufrimiento y dolor. Con toda esa mercancía a cuestas, consiguieron llegar con el viaje completo a su destino final.
Gregorio falleció el 14 de abril de 1945 y Boni le siguió en 1952.
Hoy las vacas descansan tumbadas, rumiando tranquilas, sin realizar estos trabajos.Y aquellas campanillas del carro dejaron de sonar en los caminos, pero en el cielo de nuestra memoria han vuelto a repicar con fuerza.
Rafael de Frutos Brun
Residencia Valvanera (Madrid)
Agosto de 2026

Sé el primero en comentar sobre "Carro con Campanillas"