El maestro

He observado durante bastante tiempo que en nuestro periódico Senda Norte tocamos muchos temas diferentes sobre cosas rurales, de costumbres y de nuestros antepasados pero apenas se ha hablado (o yo al menos no lo he visto) de los maestros y las maestras. La docencia, ya entendida como carrera, profesión, vocación o medio de vida engloba un sinfín de valores humanos esenciales que nos ayudan a todos a ser mejores y estar preparados para subsistir.

La definición de maestro abarca a aquel profesional, hombre o mujer, dedicado y capacitado para  impartir la educación infantil y primaria (los profesores son aparte).

A lo largo de la historia, la humanidad ha contado con grandes referentes como Confucio, Aristóteles, Platón o Sócrates. Sin embargo, hoy quiero escarbar en la memoria local y en los documentos de los ayuntamientos para rescatar la historia del maestro convencional; aquel a quien le tocó vivir —o más bien sobrevivir— en las zonas rurales de nuestra Sierra durante tiempos pasados llenos de adversidades materiales. 

Al gobierno o al concejo local le correspondía nombrar a los encargados de la enseñanza, los maestros, y las cosas no siempre funcionaban a su debido tiempo. En nuestros pueblos de la Sierra, los datos históricos son escasos y muestran unas circunstancias bastante desfavorables para los enseñantes: emolumentos bajísimos, una gran distancia respecto a la capital y malas condiciones de hospedaje. De ahí nació el popular dicho: «Pasa más hambre que un maestro de escuela». Con sinceridad, creo que la enseñanza en nuestra Sierra estuvo un poco olvidada, pero cuidado, que yo no vengo a culpar a nadie  —Dios me libre— sino a poner en valor su trabajo y agradecer su entrega a la docencia sin juzgar sus ideas y su modo de ser. Sin valorar si era de aquí o de allí y si pensaba de esta manera o de esta otra. 

Nuestros registros echan a andar a partir de la década de 1840. En torno a ese año llegó a Montejo don Francisco Montero Merino para ejercer como «Maestro de niños». Era natural de Bañuelos, un pueblo de la provincia de Guadalajara que hoy en día, en pleno 2026, apenas cuenta con diez habitantes. Don Francisco se integró en la comunidad y contrajo matrimonio con Clementa Fernández en 1862.

Poco después, hacia 1850, llegó al pueblo don Eulogio Montalbán, un cura natural de Torrelaguna. Con él vino su hermana, doña Eugenia Montalbán, quien se hizo cargo de la «Escuela de Niñas de Primeras Letras». Eugenia también echó raíces en el pueblo al casarse en 1864 con Lucio Hernán. Al disponer de vivienda propia tras su matrimonio, tanto Francisco como Eugenia pudieron vivir en sus casas y se libraron de la incomodidad de estar de pensión.

Pese a estos esfuerzos tempranos, las carencias eran inmensas. Mi propia abuela materna, nacida en 1868 y fallecida en 1950, nunca supo leer ni escribir. ¿De quién fue la culpa? ¿De su padre, del ayuntamiento, de las circunstancias o de la acuciante necesidad que hacía más interesante que se dedicara a guardar las ovejas? Eran situaciones que pasaban habitualmente en la época; lo importante hoy no es olvidarlo, sino trabajar para que nunca vuelva a repetirse.

Hasta finales del siglo XVIII y gran parte del XIX, apenas se tienen datos oficiales de maestros estables en la zona. Las condiciones de las viviendas, la falta de colegios dignos y los bajos sueldos no prometían demasiado. Hubo maestros que tomaron posesión del cargo y al día siguiente ya no volvieron a aparecer por el pueblo. No obstante, algo muy bueno debió de ocurrir en las sombras de ese vacío poco documentalizado pues según el censo electoral de los posibles votantes del 20 de octubre de 1890, podían votar 140 electores, todos varones por las restricciones de la época, de los cuales solo 17 no sabían leer ni escribir. Que cada cual juzgue el dato como prefiera, pero la historia demuestra que el índice de alfabetización en el pueblo era notable para la época. Como curiosidad sociológica, aquel censo detalla los oficios de los votantes:74 jornaleros, 58 labradores, 2 propietarios, 2 pastores, 1 herrero, 1 capataz de las minas, 1 molinero y 1 maestro. 

Este panorama revela que, a pesar del bache de registros oficiales entre 1850 y 1880, existió una gran cantidad de vecinos en edad lectiva que estaban muy bien preparados. Entre ellos recordamos a Apolonio Fernández, Bartolomé Fernández, Enrique Bordó, Esteban Cristóbal, Julio de Frutos, Alejandro Hernán, Casildo Fernández, Escolástico Martín, Andrés Hernán, Anastasio Frutos, Dimas Brun y Balbino Hernán (padre), entre muchos otros. Alguien tuvo que enseñarles pacientemente lo que sabían, y ellos, a su vez, agudizaron el ingenio para compaginar estudios y el trabajo en sus faenas fabricando sus propios utensilios y aperos para salir adelante. Magnifico esfuerzo, pero duro de cumplir en las zonas rurales, donde había muchos problemas que solucionar. Todos llegamos al mundo sin saber nada y sin propiedades; la vida es un constante aprender y enseñar.

A principios del siglo XX se produjo un cambio sustancial con la llegada de don Leopoldo Galindo, un maestro ya oficial y con un fuerte espíritu renovador. Don Leopoldo traía ideas muy claras sobre cómo debía ser la enseñanza: proyectaba un colegio libre donde, además de aprender a leer y escribir, los alumnos practicaran deportes, realizaran actividades al aire libre y estuvieran en contacto directo con la naturaleza. Trajo consigo la ilusión, una cualidad con la que continuaron todos los docentes que pasaron por aquí.

En aquellos años también ejercieron otros maestros y maestras memorables que dejaron su juventud en nuestra Sierra. Entre las mujeres se recuerda a doña María Leal y a doña Celes (natural de Valdemorillo), quien vivió hospedada en la casa de Regino. Entre los varones destacó don Emiliano, quien se alojó en la casa de Teodosio Velasco.

Durante la Segunda República, la escuela rural vivió un hito inolvidable gracias a las Misiones Pedagógicas. Tuvimos el honor de recibir la visita del célebre escritor y dramaturgo don Alejandro Casona. Gracias a este impulso cultural, las niñas del pueblo llegaron a contar con una máquina de coser y con una imprenta escolar para el uso de todos los alumnos.

En esta época marcada por la ilusión pedagógica, vivieron y enseñaron intensamente en Montejo doña Teresa y don Ángel. Ella se hospedaba en la casa de María González y él, de nuevo, en la de Teodosio Velasco. Sin embargo, debido a las revueltas e inestabilidades políticas del periodo, tuvieron que marcharse de forma precipitada. A partir de ahí se inició una etapa inestable: los maestros llegaban, tomaban posesión de la plaza y marchaban al poco tiempo; venían interinos y también se iban. Para que los niños no quedaran desatendidos y siguieran aprendiendo, asumieron valientemente la docencia don Juan Ricote —el cura del pueblo— y la vecina María Cristóbal.

Terminada la Guerra Civil, la actividad escolar se retomó en la conocida «Casa de los Maestros», ubicada en la calle del Pozo. La distribución del edificio separaba a los alumnos por sexo: los niños daban clase en la planta baja y las niñas en la planta superior. En ese periodo pasaron profesores como don Emiliano, don Rafael y don Blas.

Más adelante llegó don Teodoro, recordado como un gran maestro, una excelente persona y un profesional intachable. Bajo su magisterio, la escuela se trasladó a unas instalaciones nuevas ubicadas en el propio edificio del Ayuntamiento. El espacio constaba de dos aulas equipadas con pupitres de madera, tinteros, pizarras individuales, grandes mapas en las paredes, una estufa de leña para combatir los rigores del invierno, un crucifijo y dos retratos institucionales de gran tamaño.

Las infraestructuras eran todavía humildes: el servicio de aseo lo teníamos en una callejilla cercana —cuyo nombre exacto ya no logro, ni quiero, recordar) y el agua corriente lo teníamos en la fuente.

El horario escolar estaba rígidamente estipulado: se entraba por la mañana a las 10:00 h y se salía a las 13:30 h; por la tarde se regresaba a las 15:00 h y la jornada concluía a las 17:00 h. El momento más esperado de la semana eran los jueves por la tarde, ya que no había clase y podíamos disfrutar del descanso.

Estas líneas recogen una parte esencial de lo que guardamos en la memoria. Estoy seguro de que, al leerlas, usted también habrá recordado muchas vivencias de su propia infancia en el pueblo. Me alegro profundamente de que así sea.

Rafael de Frutos Brun  

Junio 2026

R. Valvanera

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