Rafael Frutos Brun
Junio 2026
La mayoría de nosotros pasamos nuestra infancia y parte de la adolescencia en contacto directo con la naturaleza en una zona rural y, porque conocimos de cerca a los animales domésticos, casi sin pensarlo, llegamos a hermanarnos con ellos. ¿Quién no ha jugado con su gato, su perro o le ha llamado bonito al jilguero de la jaula? ¡Y no hablemos de cuando veíamos a una gallina clueca sacando a sus pollitos o la gorrina dando de mamar a sus cochinillos! Hoy rescataré de nuestra memoria olvidada a un animal rumiante, montaraz, domesticado, rústico, esbelto, elegante y con memoria. Hoy vamos a recordar a LA CABRA.
La cabra doméstica (Capra aegagrus hircus) es uno de los primeros animales domesticados por el ser humano, con más de 10.000 años de historia, llegando a ser tan dóciles como un perro. Además son muy inteligentes pues reconocen a sus dueños, responden a su nombre e incluso pueden aprender trucos. Y son muy curiosas, lo exploran todo a su alrededor. Son oriundas de las regiones montañosas del Oriente Medio y desde su domesticación nos han acompañado como fuente de alimento y ayuda en el mundo rural.
Las cabras poseen un excelente sentido del equilibrio siendo capaces de moverse por pendientes rocosas y terrenos escarpados con mucha facilidad y eso que los machos son grandes, robustos y pesados. Pueden llegar a los 90 kg, mientras que las hembras promedian unos 55 kg. Este peso lo cogen gracias al pasto y los arbustos que son la base de su alimentación llegando a ser muy destructivas con el entorno por el que pastorean pues se comen todos los brotes tiernos que encuentran.
Suelen ser pastoreadas junto con las ovejas, aunque son muy diferentes. La cabra siempre va erguida y con la cabeza alta mirando al horizonte mientras que la oveja camina mirando al suelo.
A la cabra le molestan poco las inclemencias del tiempo en la naturaleza. Sólo la nieve y el frío intenso puede hacerla perecer. Cuentan que la cabra, cuando está lloviendo fuerte, en sus balidos le dice al agua que está cayendo: «Zurra, zurra hasta que la lana se me pudra», mientras que la oveja responde: «Hielo, hielo hasta que se me caiga el pelo». La primera no tiene lana y la segunda no tiene pelo.
Lo que no tienen ninguna de las dos son dientes incisivos en la mandíbula superior teniendo 8 en la inferior además de 24 muelas, 12 arriba y 12 abajo.
Las cabras son animales sociables que necesitan vivir al menos con otra cabra. Si están solas suelen enfermar y dar poca leche. Por eso, casi siempre en las casas teníamos dos o tres cabras. Y en las casas, las utilidades de las cabras han sido numerosas a lo largo de la historia. Su leche es muy apreciada por su valor nutritivo y con ella también se elaboran quesos de gran calidad. Así mismo nos proporciona carne para guisos y para la famosa cecina. Sus pieles para abrigos. Su pelo para tejer pequeñas prendas y para fabricar cepillos y hasta sus cuernos para ponerlos de cachas en las navajas y también en los badajos de los cencerros. Y ¿quién no ha bebido vino transportado en un pellejo de cabra? Además, la cabra tiene celo dos veces al año y en la mayoría de las ocasiones los partos son gemelares. Incluso pueden llegar a parir hasta tres cabritillos. Cabritos que son autosuficientes a los tres meses de haber nacido. En muchos pueblos de la Sierra la cabra ha sido una auténtica garantía de subsistencia para las familias campesinas.
Por haber tenido en nuestra casa durante la infancia y la juventud dos o tres cabras, por lo que nos ayudaron con la alimentación, por haber disfrutado viendo retozar a sus cabritos, por lo dócil que es la cabra y por otras muchas razones y alguna anécdota que voy a contar me he tomado la licencia de escribir sobre este saludable animal.
Tengo en la memoria algunas «postales en movimiento» que me hacen recordar el enfrentamiento entre los machos cabríos en la época de celo para disputarse y dejar bien claro quién iba a ser el padre del rebaño ese año. Jóvenes, fuertes y valientes se encuentran, se miran, balan y se retan adoptando posturas intimidantes y erizando el pelo. Se colocan el uno enfrente del otro a una distancia milimetrada, como si estuvieran poniendo las condiciones y reglas de la pelea y de repente se alzan sobre sus patas traseras y se dejan caer con fuerza impactando frontalmente sus cornamentas y topando sus cabezas. El impacto seco de los cuernos se escucha a gran distancia. El uno contra el otro y el otro contra el uno. Caen las patas delanteras al suelo, toman nueva energía y vuelven a repetir la pelea. En este segundo topetazo, uno de ellos, el más débil que ya se siente perdedor, suele abandonar la pelea.
Otra «postal con movimiento» que tengo es la de la cabra que acompañaba a los titiriteros. Es esa antigua imagen popular del espectáculo callejero ambulante que recorrió pueblos y ciudades hasta casi finales de los años setenta del siglo pasado.
Los titiriteros llegaban al pueblo con su carromato, casi siempre en días de feria o fiestas patronales. Se anunciaban, montaban un pequeño tinglado y el padre, a toque de trompeta, anunciaba: «Con permiso de la autoridad van a ver ustedes un espectáculo, digno de cualquier teatro de Nueva York, e historias nunca antes vistas aptas para todo el mundo».
Una de las estampas más conocidas era la de la «cabrita equilibrista» que, acompañada por el toque de trompeta de uno de los titiriteros y por la verborrea de otro subía escaleras, caminaba por tablones estrechos, saltaba obstáculos o respondía a órdenes sencillas. Ya he dicho que es un animal inteligente, aprende rutinas con facilidad y resulta muy vistosa. Los chiquillos quedábamos fascinados y los adultos soltaban algunas «perras» que los titiriteros recogían con el sombrero al tiempo que explicaban que: «La mitad del dinero que recojamos hoy no será para nosotros sino para comprar pienso del bueno para la cabra y la otra se la daremos a los pobres, a los pobres taberneros del pueblo». Mientras, la cabra seguía en lo alto de la escalera dando vueltas en una pequeña plataforma apoyada en una botella.
Estas escenas recuerdan, salvando las distancias, a ciertos actos de campaña electoral. Igual que en las plazas de los pueblos se reunían los vecinos para contemplar al titiritero, sus juegos y a la cabra equilibrista, hoy los ciudadanos acuden a mítines donde los políticos despliegan discursos y promesas destinados a captar la atención del público. El titiritero buscaba sorprender y arrancar unas pesetas con sus habilidades; el político intenta convencer y ganar votos con sus propuestas. Y así como la cabra realizaba pequeñas proezas que despertaban admiración entre grandes y pequeños, algunos candidatos exhiben en campaña sus propias «cabriolas», prometiendo soluciones sencillas para problemas complejos. En ambos casos, el espectáculo termina, la plaza se vacía y el lugareño volverá a «hacer más cabriolas que una cabra de feria».

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