Félix Velasco del Pozo

La penúltima de boquerones

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Sus boquerones en vinagre con aceitunas y patatas fritas le hicieron famoso mucho antes de que existiera MasterChef y los certámenes de tapas, y  reunieron a riadas de gentes de todos los pueblos de alrededor, que acudían expresamente las Semanas Santas, las primaveras, los veranos, las Navidades, y todos los fines de semana del año, a Pinilla de Buitrago a tomar el aperitivo en los interminables vermuts, los infinitos tardeos (que hace ya mucho tiempo que inventamos), el karaoke pinillano (también existente allí antes de que aparecieran los karaokes), las charlas eternas arreglando el mundo, las máquinas de bolas, de marcianos y de comecocos, los recitales de canto y guitarra improvisados, la previa de las Rondas del pueblo, los villancicos y coplas, los maratones de parchís, mus, brisca, tute, chinchón… 

Todo cabía en esos apenas cincuenta metros cuadrados liderados por un auténtico personaje serrano: Félix Velasco del Pozo, «Félix, el Toro», para más señas, y para los amigos y vecinos de nuestra Sierra.

Querido primo, espero que no te moleste que te llame con tu apodo, porque prácticamente era tu sobrenombre.  Y además, también lo utilizábamos siempre para cantar a nuestra manera aquella estrofa de «La fuerza del destino» de Mecano: «Una noche en el bar del Toro…”  Porque no fue una, ni dos, ni tres; fueron miles de noches, que valieron por millones. Fue nuestro «Penta» particular de “la movida” serrana en los míticos ochenta y noventa. Ya lo habíamos estrenado en los setenta, cuando todavía era «la taberna de la tía Felisa», su madre. Pero con la inauguración por parte de Félix del nuevo bar, hicimos el espacio prácticamente nuestro. Nuestro lugar de reunión, de risas, de penas y de amores, de «Asturias patria querida», de canciones de la tuna, jotas, boleros y rancheras. Imposible resumir tanta felicidad concentrada en un pequeño bar, en plena euforia de nuestra alargada adolescencia. 

Y siempre con la familiaridad y la referencia de nuestro querido Félix, que parecía vivir continuamente detrás de aquella barra, que te daba aperitivos sin pedirlos y cariño a raudales, con su sonrisa y buen humor a pesar de sus achaques y de nuestros excesos: voces, canciones, risas, gritos, polvos pica pica, bombas fétidas e incluso tapiado de la puerta del bar una misteriosa madrugada en la que todavía, a día de hoy, no se sabe qué ocurrió exactamente…

¡¡Qué cantidad de aguante y de generosidad a partes iguales tuviste con nosotros!! Todos sabemos lo sacrificada que es la hostelería, pero nuestra arrasadora juventud necesitaba espacio para disfrutar con mayúsculas. Y lo encontraba allí, porque Félix creó y mantuvo durante mucho tiempo el lugar idóneo para ello. Y en los mejores años de nuestra vida. 

Probablemente nunca se lo hemos agradecido lo suficiente e imagino que nunca se lo hemos dicho con tanta claridad como lo estoy intentando expresar ahora. Antes no estábamos acostumbrados a decirnos este tipo de piropos emocionales; afortunadamente hoy somos un poco más capaces. En algo hemos mejorado. 

Félix, espero que puedas recibir toda nuestra gratitud allá donde estés.

Agradecerte que podíamos ir a tu bar cuando quisiéramos, como si fuera el salón de nuestra casa; a reunirnos, a charlar, o simplemente a “estar”. Siempre encontrabas allí a alguien conocido. Podíamos ir a ver desde un festival de Eurovisión (también de aquella inventamos el fenómeno eurofan), hasta las más emocionantes finales de fútbol (porque, aunque no te gustara el fútbol, la diversión estaba garantizada), pasando por auténticas jam sessions improvisadas en las que todo el mundo que había en el bar se ponía a cantar al unísono.

Y Félix sin poner un pero a ninguna de nuestras ocurrencias. Siempre con sus buenas palabras, y con la rapidez y precisión que, más que sus cansadas piernas, tenía su madera de comerciante y camarero nato, de los que conocen lo que toma el cliente y ya lo tiene servido casi antes de que entre por la puerta. “Bares, qué lugares…” Y más cuando están regentados por alguien tan profesional. Sólo lo saben tus huesos, la cantidad de paseos que te diste hasta la casilla a por bebida, y los miles de kilómetros que recorriste de un lado al otro del mostrador. 

Seguro que te han contratado en el tablao que montó Frascuelo, “a mano derecha, según se va al cielo”, como cantaba Serrat, y que les estás poniendo cafés, copas, cervezas y aperitivos a todos los tan queridos y queridas que tenemos allí. 

Venga, “ponnos la penúltima de boquerones y una ronda de botellines”, que de verdad que ya nos vamos y te dejamos descansar en paz.

Gracias por tanto.

Y como diría el Comandante (otra figura mítica de Pinilla): «Adiós con el corazón, que con el alma no puedo».

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