CIERTO, PERO… SIN NOMBRES

RafaFrutos032

Rafael de Frutos Brun

He pensado muchas veces en el desconcierto que tendrían, por ejemplo, mis padres cuando empezó la guerra en el 36 y como mis padres, supongo que muchos más. Una contienda nunca vivida que no saben por qué llega. Tampoco saben a qué carta quedarse. Ni quién la organiza, ni qué se persigue, ni cuánto va a durar y por qué. La falta de información en los pueblos en esos años era la tónica diaria donde las noticias de la mañana eran ya diferentes a las de la tarde.Y de las de ayer no tenían nada que ver con las de mañana. Además, de los que venían contando lo que pasaba, unos decían blanco y otros decían negro. El desconcierto y la desinformación lleva a dudar de todo y a un miedo en la recámara difícil de explicar.

Para situarnos en lo que estoy contando narraré una situación que pasó hace ochenta y ocho años, en un pueblo de alrededor de cuatrocientas almas, donde sobrevivían con lo que criaban y cultivaban sus moradores.

Al comenzar la contienda la inseguridad les embarga y no hay decisión sobre qué hacer. Radios que den noticias, tal vez pocas y ¿creíbles? Se sabe que en el pueblo sólo don Antonio, el médico, tiene una radio galena. Él comenta lo que oye. Luego cada uno interpreta de forma diferente lo que ha oído. Prensa, la poca que llega, lo hace con algún día de retraso. 

Bueno, pues dentro de ese maremágnum en que se encontraba el pueblo, me acuerdo de la sentencia que decía mi abuelo Dimas: –Hay muchos que aprovechan la tormenta para pescar– y yo sé de una persona que pescó en el pueblo. 

Siento rabia y tengo mal recuerdo de quien se aprovecha de sus vecinos en momentos difíciles y por eso voy a contarlo. Por respeto, sustituiré los nombres de las personas por genéricos de flores. Así que utilizaré los nombres femeninos de «Rosa» y «Azucena» y el masculino de «Clavel». 

Empiezo. La señora «Rosa» estaba viviendo en el pueblo por razones de trabajo de su marido, que tampoco era de aquí. La señora «Azucena» sí era del pueblo y a su hijo «Clavel» se lo habían llevado detenido las «fuerzas nacionales», junto con otro paisano, por la razón que fuere. Por el pueblo, vox populi, decían, narraban, sospechaban, creían que la señora «Rosa» tenía poderes esotéricos y paranormales y «arreglaba» muchas dudas durante sus figurados trances. Ella no desmentía las habladurías. 

Y todos sabemos que, por el amor de una madre hacia un hijo, cuando éste le falta, es capaz de hacerse amiga del diablo, así que allá se presentó la señora «Azucena» para ver qué le decía la dicha «Rosa» de su hijo detenido.

Después de cerrar los ojos, levantar las manos al cielo, hacer cruces en el aire y recitar jaculatorias le dijo: –Quédese tranquila «Azucena» que su hijo está bien y recibe un trato correcto y, bueno, esperando que le liberen –. También le dijo: – Y le ha crecido la barba, que el otro día le «vi mentalmente» y pensaba ir a verla para decírselo–.

– Muchas gracias, señora «Rosa», por su mensaje. Mire, aquí le dejo una moraga, una morcilla y un trocito de tocino que ya hemos hecho la matanza –.

Marchó la madre del detenido confiada en las palabras de la vidente y esperanzada con el mensaje. Pero el amor de una madre no tiene reloj ni mide el tiempo y como el hijo no regresaba, pasados 10 días, tomó un tazón de judías y se encaminó a consultar nuevamente a la señora «Rosa».

En esta visita la médium le dijo: – He puesto mis poderes en marcha esta mañana y he conseguido ver a su hijo. Está bien y limpio y llevaba puesta la chaqueta de pana de color miel que vestía cuando le detuvieron–. La señora «Azucena» se quedó congelada al oír esto pues ella recordaba perfectamente que su hijo llevaba un blusón de abrigo gris y no una chaqueta de pana. Siguió hablando la falsa vidente: –Vendrá pronto. Y le van a liberar porque es bueno y se porta bien–. No muy convencida, «Azucena» dejó el tazón de judías encima de la mesa, que no rechazó «Rosa», y salió de la casa planteándose muchas dudas. 

Pero lo que son las casualidades, la señora «Rosa» sí que acertó en una de sus predicciones pues «Clavel» llegó a Montejo dos noches después con el otro paisano con el que fue detenido. Y allí, en su casa, es donde pudo contar con pelos y señales dónde estuvo preso, el mal trato que recibían, cómo otro hombre de un pueblo cercano quiso darles su reloj para que se lo entregaran a su mujer porque a él lo iban a fusilar, que una semana atrás hubo un motín una noche y que pudieron escapar muchos de ellos. Que llegaron a La Ventilla donde se reguardaron y les atendieron, pero que se marcharon para no comprometer a sus ayudantes. Que andando tomaron dirección hacia Coslada y buscaron el río Jarama que siguieron a contracorriente caminando de noche y descansando de día a resguardo de matojos y zarzales. Comieron moras, manzanas, zanahorias, hojas de repollo crudas, vamos, lo que pillaron. Así hasta que llegaron al Hayedo de Montejo y desde ahí bajaron al pueblo. 

Mientras la señora «Azucena» escuchaba el relato de su hijo comprobó que no cuadraba con el de «Rosa». A la mañana siguiente todo el pueblo sabía de las mentiras y de los falsos poderes de «Rosa». Se terminaron las visitas, los consejos, las visiones, los tazones de judías, las moragas, las morcillas, las cestas de patatas o manzanas y todos los presentes que llevaban los pobres desesperados que buscaban el consuelo a sus dudas o la solución a sus problemas en casa de la falsa vidente. 

La señora «Rosa» se marchó con su marido a su provincia terminada la contienda y… dejemos que los muertos descansen en paz. Hay historias que solamente contándolas ya producen repugnancia, asco y cabreo. Estas historias que pasaron en pueblos pequeños donde se abusó de la ignorancia de sus gentes y que tuvieron que sufrir a manos de listillos que implicaron a muchas personas que ni sabían, ni querían, ni necesitaban una guerra que les hizo sufrir y que rompió muchos lazos familiares y de amistad que luego tardan muchos años en restañarse esas heridas y más en que se caigan las costras.  

Escribir este relato me hacía estar de mal genio y eso que pasó hace mucho tiempo, pero que aún me retumba. Pero, sobre todo, lo que me enerva más es que ante esas familias humildes algunos intenten sacar tajada y vanagloriarse de ello. Lo hagan estos o aquellos, los tuyos o los míos, los de arriba o los de abajo sólo merecen el desprecio y el aislamiento de los demás. Que la paz sea con todos.

Rafael de Frutos Brun

Montejo de la Sierra 

Marzo de 2024

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