CATALINA

Educac2

 Rosa Ortega Serrano

Hace tiempo conocí a una maestra que andaba de colegio en colegio arrastrando sus, cada vez más, escasos saberes. La pobre le contaba a todo el mundo sus desdichas por la falta de arraigo, y el inmenso número de sitios en los que había estado, creo que eran 29 entre Primaria y Secundaria. Había saltado de la LOGSE (1990) a la LOMLOE (2020), pasando por la LOMCE (2013) y la LOE (2006), y contaba divertida que, como le gustaban las matemáticas y el común denominador era “LO” (Ley Orgánica), ella las bautizó como LO descabellado, LO facha, LO progresista y LA chapuza (por ser tan actual el tema de los géneros). Pero no era tonta mi maestra y también me explicó que ella había vivido una especie de transición pedagógica (no resuelta, como la política) pasando del ensayo y error, a la evidencia científica, a través de la observación, la experiencia, el trabajo en equipo y la formación. Ahora andaba por las ramas como el Barón Rampante de Ítalo Calvino, sin desentenderse de los otros, pero guardando las distancias, un poco loca y un poco cuerda.

Me gustaba escucharla cuando relataba cosas: aquella vez que vino una niña llorando porque no le dejaban jugar. Al preguntarle a su compañera rubia de 4 años: ¿Por qué? Ésta le contestó que no le gustaban las niñas con la piel negra. Resuelto el drama jugaron juntas el resto de la mañana. A veces no hace falta organizar un taller de inteligencia emocional, basta con 5 minutos de reflexión, me decía.

Era muy aficionada a la argumentación, el pararse a hablar, intercambiando razones y no puñetazos, por todo sentaba a los niños y a las niñas y les pedía diálogo. Sus alumnos no se peleaban por no permanecer sentados.

Cuando un alumno rebelde decidió apuntar en su agenda escolar todo lo que la maestra le decía con el ánimo de denunciarla frente a su padre, esta descubrió cómo motivarlo y mejorar su capacidad de síntesis y su ortografía, a partir del relato de los hechos.

También me contó cosas de sus compañeros, chismes tal vez, pero no quiero repetirlo por si se ofende. Solo decir lo de la señorita Verónica que andaba con el bolso cogido para salir del cole mezclada con los niños una hora antes de lo que debía. 

Le gustaban los besos y los abrazos de los niños y no soportaba las injusticias. “A este me lo cuidas”, decía siempre, “será pobre pero listo”. Puro romanticismo el de mi maestra. Es desolador ver que en qué se han convertido nuestras escuelas públicas. Recuperadas las ratios prepandemia, hemos vuelto a los 25/27 alumnos por clase, a pesar de que comprobaron que era un buen remedio reducir el número para mejorar el aprendizaje escolar. Se siguen parcheando edificios educativos de los años 90, haciendo reformas, pero no cambios estructurales. Los padres pueden elegir colegio, pero esto no mejora la calidad de la enseñanza, sino que crea una competencia absurda entre centros próximos que deberían colaborar. Se reducen equipos de apoyo, pero crecen las demandas de atención a los alumnos al tiempo que se complica el tipo de población que acude a los centros, se está haciendo una distribución torticera de los alumnos que necesitan más recursos. Se ignoran las voces que cuestionan los colegios bilingües (ante la creciente protesta de docentes y organizaciones educativas, la Consejería de educación asegura que el bilingüismo activa el espíritu crítico y el sentimiento de considerarse “ciudadanos del mundo”) y se olvidan de que precisamos más y mejores profesores. Nos dirán que aumentan recursos, pero el abandono es tal que haría falta un presupuesto único, rompedor, desorbitado, un presupuesto elaborado por un grupo de gestores políticos que amen la enseñanza pública, que creen aquello de cultura para todos. ¡No es una utopía! 

Mi inocente pataleo es solo un recordatorio de algunos de los males que rondan a nuestras escuelas, necesitamos algo más que maestras románticas. 

Vuelvo a JORGE RIECCHANN que siempre concluye bien:

TENGO DOS CERTIDUMBRES

AMOR

Y poesía

Y más que certidumbres son mis dos libertades. 

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