SOBRE EDUCACION AMBIENTAL

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Antonio Ruiz Heredia
Maestro. Educador ambiental
Oímos hablar o leemos, casi de manera permanente, sobre Educación Ambiental, bien en prensa o en centros educativos, a conferenciantes e incluso a políticos, si que por ello tengamos perfectamente claro que todo el mundo sepa de lo que está hablando. Se utiliza el término al igual que el comodín de una baraja: cualquier actividad que tenga que ver con «bichos» y en la que se encuentren escolares implicados «es» educación ambiental.
Sucede además, que los profes de las antiguas «ciencias naturales» – que ahora se engloban dentro de lo que se conoce como «conocimiento del medio», son expertos en educación ambiental. Cualquier asociación, grupo juvenil, excursionista, de ocio y aventura o sociedad dedicada al turismo rural, incluye en sus programas las dos palabras mágicas que, de ninguna manera podrían faltar tanto en su vocabulario habitual como en sus planes de «marqueting».
Últimamente se ha podido comprobar la rápida proliferación de proyectos y programas, así como de empresas integradas por profesionales de la educación, expertos o investigadores en temas medioambientales, ordenación de territorio o consultores en cuestiones de impacto ambiental, etc. que dedican sus esfuerzos a la puesta en funcionamiento de planes novedosos y comprometidos. Por desgracia también abundan otras, creadas por auténticos profesionales – en este caso del oportunismo- y que presumiendo de haberse supuestamente especializado en educación ambiental ofrecen sus servicios a administraciones locales, autonómicas o estatales, quienes al ser en definitiva los que pueden crear infraestructuras con los presupuestos públicos correspondientes, terminan poniéndolas en manos de las citadas empresas mediante concurso, con la esperanza de que estas loguen hacerlas funcionar con mayor o menor éxito.
Esto no se viene desarrollando así de manera aleatoria o casual. Es la evidente consecuencia por un lado, de una mayor concienciación de la sociedad en general y de los educadores en particular por problemas globales, como el aumento de polución, el hambre y la pobreza, la deforestación, la extinción de espacies y la insostenibilidad cada vez mayor de determinados proyectos de «desarrollo» y por otro, de una pate de los poderes fácticos así como de algunos miembros de la clase política preocupados porque las nuevas generaciones conozcan más y mejor el medio en que nos encontramos inmersos –natural y creado o transformado por el hombre- así como la interrelación entre cada uno de nosotros y el resto de los seres vivos que lo pueblan; además de una verdadera y creciente inquietud e interés por la influencia que el género humano y su actividad pueda ejercer sobre este en un momento dado.
Pero, ¿quién puede, quien debe, quien sabe lo suficiente como para ejercer la difícil tarea de titular o en su caso homologar a todos aquellos expertos que día a día se embarcan en el encrespado, océano de sacar adelante didácticas ambientales novedosas?
En todos los congresos, reuniones, jornadas, encuentros en los que he participado durante los últimos años, indefectiblemente surge el tema estrella de las titulaciones, homologaciones y/o solvencia de aquellos educadores ambientales que ejercen con mayor o menos maestría esta delicada actividad, tanto con niños como con adultos y fundamentalmente en la enseñanza no formal.
Dejando de lado los másteres y especializaciones que técnicos en Ciencias Educativas y Ambientales realizan, debemos admitir que los «especialistas» prácticos en la materia, aquellos que se enfrentan día a día con la problemática de la didáctica ambiental, los empíricos en definitiva que diseñan y ponen en funcionamiento programas, no son sino personas con titulaciones «de fortuna» o no específicas, tales como monitores de tiempo libre, (animadores socio-culturales, maestros, licenciados en ciencias biológicas, montes, sociales o farmacia, sin olvidar a una multitud de expertos con otras titulaciones o sin ninguna.
Cuentan estos, sin embargo, con un acervo cultural al respecto, nada envidiable al que pueda haber obtenido en la facultad cualquier joven estudiante de ciencias ambientales, cuyos extensos conocimientos sobre estos temas han sido adquiridos de manera autodidacta y que llevan consigo una fuerte carga vocacional, que nunca han sabido lo que es la equiparación y ejercen su trabajo muchas veces de manera intermitente (fijo-discontinuo, temporal, ocasional) sin contar además con una justa valoración por parte de padres, profesores, administración, etc. adecuada al trabajo que realizan y que desarrollan en centros igualmente no homologados, que arrastran su existencia dentro de un vacío legal inadmisible e insoportable.
Ni la administración del estado en la época del «boom» de las granjas-escuela, ni las administraciones autonómicas en el presente saben cómo tratar este espinoso asunto, dejando pasar el tiempo sin acabar de decidirse por normalizar unos centros que en la mayor parte de las ocasiones , ellos mismos crean o subvencionan y que adjudican mediante concurso a empresas «especializadas», cuyos monitores contratados lo son de manera precaria y tienen como responsabilidad regir y sacar adelante los programas. Por otra parte, el resto de instalaciones que lo son a título privado fundamentalmente, sienten también la necesidad imperiosa de «homologarse» ante lo que una sociedad cada vez más preocupada por los cambios ambientales, desequilibrios sociales, globalización y deseo de sostenibilidad nos exige a todos aquellos que ponemos o intentamos poner nuestro granito de arena a la hora de trabajar con niños, jóvenes y no tan jóvenes, en todo tipo de actividades extraescolares o paralelas, a veces convergentes con el sistema educativo oficial sin dejar de lado la preocupación y el deseo de realizar cambios importantes en el vetusto y repetitivo sistema educativo.
Al referirme a los «sistemas educativos» lo hago de modo uniforme y unitario; hablo del plan educativo, ya que no logro contemplar más que uno sólo, con durabilidad indefinida en el tiempo, al que se le cercena, voltea, añade, publica una y mil veces sin que realmente contenga novedades o ventajas interesantes para los protagonistas de la educación: alumnos, profesores y padres. Y este el problema esencial: que siempre tropezamos con el antiguo vicio gubernamental caracterizado por gravitar entre la costumbre de no hacer nada y el empeño de alterar de manera constante y permanente el proyecto educativo vigente, pero sin llevar a cabo mejoras reales ni tan siquiera revisiones serias y consensuadas. Es algo así como ir colocando una serie de fichas que ya teníamos hechas, una tras otra, según las vamos revisando, hasta que aparece de repente ante nuestros ojos pasmados la primera que días antes habíamos ya examinado y leído.
Este acto de desempolvar obsoletos y superados sistemas, de sobra experimentados en nuestro país o en otros distintos, maquillarlos y sacarlos a la luz amparados por la bula de su publicación en boletines implantación sin más, es la causante de la enorme distorsión en el mundo educativo que, sobre todo y de manera fundamental, afecta a sus protagonistas más cercanos: alumnos, profesores, padres. Esencialmente cuando dichos cambios son efectuados en aras de una supuesta modernización e innovación o cuando provienen de esquizofrénicas negociaciones con la oposición parlamentaria de turno que, para hacer honor a su papel, decide oponerse por sistema a todo aquel proyecto en el que sus tecnócratas no han participado o controlado de manera directa.
Al mismo tiempo suelen desarrollarse en periodos inter-electorales y de manera tan rápida que no consiguen sino perpetuar una situación tremendamente perversa: la simultaneidad en el tiempo de diferentes sistemas antiguos ya caducados. Estos, a su vez convergen con los nuevos aportando un enorme trastorno en cuanto a titulaciones, así como una confusión importante que sorprende a los estudiantes, complica la vida a los enseñantes, favorece a determinadas editoriales y despista a los padres ante las dificultades que se añaden a la hora del seguimiento y la homologación de los estudios de sus hijos.
Pero regresemos al término «Educación Ambiental». Es muy cierto que a todos nos gusta hablar de Tbilisi, al fin y al cabo es una referencia realmente importante y mundialmente aceptada, aunque no la única. En aquella conferencia intergubernamental se sentaron bases firmes que todo aquél que trabaje en EA debe conocer. Ahora lo que necesitamos con carácter de urgencia no es sino tratar de aglutinar y homogeneizar el disperso trabajo de aficionados y expertos, críticos y entusiastas, ecologistas y ecólogos, teóricos y prácticos, estudiantes y profesores e incluso multitud de visionarios que por el mundo hay.
Pero, por desgracia, congreso tras congreso, reunión tras reunión, asamblea tras asamblea, jornada tras jornada a lo largo de décadas, no hemos conseguido sino plantear y perpetuar las mismas cuestiones, repitiendo siempre lo mismo y haciéndonos las mismas preguntas:
¿ Qué es la educación ambiental?
¿El término correcto es educación ambiental…o medioambiental?
¿Que pretende, que persigue, que justifica?
¿En qué plano se debe desenvolver: en el de la educación formal, en de la no formal, en ambas?
¿Cómo concebir programas de una manera conjunta, efectiva y con resultados satisfactorios?
¿Quiénes son capaces de desarrollarlos y ponerlos en práctica?
¿Quiénes están capacitados para homologar dichos programas?… ¿y a los educadores, y los equipamientos?
¿Existe el intrusismo? ¿Quién o quienes usan el término «educación ambiental» en vano?
¿Cómo nos gustaría que fuese la EA?
No es mi intención resolver tales cuestiones mediante la redacción de un libro, ni mucho menos; únicamente me propongo, en primer lugar contribuir al ya largo acervo de dudas y preguntas con el aporte de las mías propias, lanzándolas al viento cual cometas chinas, de manera que puedan ser también susceptibles de ser voladas y recogidas y, en segundo lugar, exponer algunas ideas y opiniones, fruto de la experiencia y el trabajo directo con niños, jóvenes y adultos durante las últimas cuatro décadas.
Dicha experiencia ha venido desarrollándose mayoritariamente en el ámbito rural y natural y aporta como bagaje algunas humildes pautas, observaciones y trabajos, proponiendo alguna manera de llevar a cabo diseños y programas para que puedan, tal vez servir a todos aquellos que, de manera incombustible (viejos educadores) o de modo absolutamente entusiasta (jóvenes noveles), quieran seguir, o en su caso comenzar a trabajar en este espinoso panorama en el que todos pretendemos saber más que nadie.
Continúa…

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