ESCUELA PÚBLICA

 

 

 

Rosa Ortega
Poder se puede, pero a qué precio… 20 días para el desgaste, la indignación, el desánimo, la impotencia, la sorpresa, la solidaridad y al final del camino una ansiada rectificación de la administración que va a permitir que todo siga como estaba.
Si funcionaba bien ¿por qué intentar cambiarlo?
Tal vez el ego desastroso de los políticos que todo lo quieren a su imagen y semejanza, o la necesidad de los jefes de imponer sus criterios más allá de la reflexión y el análisis de la gestión.
En esta escuela había buenos resultados académicos y de matriculación, un equipo de profesores cohesionado y con complicidad pedagógica, buen ambiente cultural y afectivo, familias participativas. Todo el mundo estaba tranquilo porque trabajaban juntos para sacar el proyecto adelante y llegaban las vacaciones, después de un intenso curso lleno de propuestas, reuniones, evaluaciones, trámites, y mucho trabajo.
¿Por qué intentar cambiar la vida de la escuela invitando a un perfecto desconocido a que gobierne sus aulas?
Estamos en verano, a punto de abrazar el mes más caluroso del año, con un gobierno en ciernes y por supuesto que se me ocurren respuestas a esta pregunta, pero todas ellas tienen un claro matiz ideológico y tendríamos que volver a la LOMCE, a la necesidad de leyes educativas estables y pactadas por todos los grupos educativos, al respeto por la autonomía de los centros y a una larga lista de cuestiones educativas pendientes.
Por esto, vamos a celebrar que todo este asunto ha acabado bien, al menos en el norte de la Comunidad de Madrid.
Además sabemos que lo importante no es solo llegar a la meta, sino vivir este proceso juntos y sentir la fuerza y la autoridad que da la compañía. De todo esto surge una comunidad educativa reforzada. Una comunidad que se ha hecho grande y segura de que todos son necesarios para velar por la buena educación de sus niños y niñas. Una comunidad enriquecida por el diálogo, la convivencia y el triunfo frente a la administración. Una comunidad que sabe que la participación de las familias en la escuela implica vigilancia y respeto del trabajo de las maestras pero también el derecho a proteger el proyecto educativo del centro que han elegido para sus hijos e hijas.
Hablaba del colegio de Bustarviejo por la proximidad geográfica, pero también del Miguel Hernández de Getafe, del colegio Silvio Abad de San Sebastián de los Reyes y de tantos otros (hasta llegar a 49 en la comunidad de Madrid) que han visto como el gran elefante blanco de la administración pasaba por los delicados pasillos de sus escuelas cambiando a las personas, destrozando sueños y transformando sus proyectos educativos en documentos para archivar.
No debemos olvidar, se puede repetir.
Enhorabuena a las familias, maestras, alumnos y alumnas, antiguos profesores, vecinos del pueblo, alcalde, concejales y a todos aquellos que han logrado deshacer este agravio, enderezar este entuerto, enmendar la sinrazón, mejorar los abusos y satisfacer las deudas, como diría Don Quijote.

 

 

 

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