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¿Para cuándo la ley de educación?

Rosa Ortega Serrano

-Papá, papá, yo quiero un pin.

-Pero hijo, te hará mucho daño.

-No importa, papá, yo quiero un pin, que Borja se va de clase muchas veces. Mira al profesor, me mira a mí, se despide y se va a jugar al patio. Al rato vuelve y escucha detrás de la puerta si seguimos hablando de las enfermedades de transmisión sexual. Se vuelve a ir y a veces no entra hasta después del recreo. Papá, papá, fírmame un pin y así me podré ir a jugar a las máquinas que están cerca del instituto y no me pierdo.

-No seas pesado, hijo mío, que si no vas no nos enteramos de lo que ese traidor cuenta en las clases. Tú sigue ahí y cuéntamelo todo que vamos a dejar esto más limpio que una patena.

 

LA PRINCESA NO ESTÁ EN EL CASTILLO

Rosa Ortega Serrano

No sé si es buena esta moda feminista. A las modas nos acercamos por tendencia o por convicción y en este caso se trata de una auténtica revolución social.

Está de moda hasta la polémica por estar de moda. Muchos jóvenes han ido modificando su “estructura genética” y en su ADN, funciones como la igualdad entre hombres y mujeres, el cuidado mutuo o el respeto, figuran como imprescindibles para determinar la función del gen correspondiente. Pero van cincuenta y cinco mujeres asesinadas por sus parejas este año, el problema persiste, es enorme. 

¿Se desgasta el espíritu crítico?

Rosa Ortega Serrano

Hace 30 años llegó a Garganta un comité de japoneses a orar por la paz. Dejaron un monolito representativo de su fe y entregaron a los vecinos, a modo de souvenir, una pequeña réplica de su emblemática escultura, para que siempre recordasen que la paz es importante. Probablemente la paz que ellos anhelaban mantener evocaba contiendas con China, Rusia o Estados Unidos. Seguro que en la memoria de los lugareños estaba la guerra civil española o los atentados de ETA, frecuentes en esa época. Cada pueblo según su origen, según su pensamiento, según su guerra. 

Esta visita ocurrida hace 30 años me permite reflexionar sobre Cataluña. Dejando de lado los partidismos, el disgusto político, los diferentes nacionalismos e incluso el análisis riguroso de los hechos, esta situación produce tristeza. Familias que se pelean y ya no celebran juntos, amigos que se quedan al otro lado de la frontera, mucha gente que va y viene y a la que le gusta pensar que sigue en su tierra.

Un punto de vista

Rosa Ortega Serrano

Está bien abrir el debate educativo en torno a las escuelas públicas y concertadas. La ministra suscitó la polémica, supongo que con toda intención y en el foro más comprometido: un congreso de escuelas católicas. Las declaraciones de Isabel Celaá son confusas para la mayor parte de la población pero no lo son para los representantes de los centros católicos allí presentes, sus murmullos de desaprobación fueron contundentes. Enfrentando torticeramente la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a escoger una formación religiosa y moral para sus hijos e hijas, se vuelve a abrir el debate sobre adoctrinamiento, ideología, segregación, religiones, creencias, libertad. Estos que parecen prejuicios de adultos poco inteligentes, nos desvían de los temas importantes para entender la educación de los niños y niñas del siglo XXI. Estaría bien oír hablar de neurociencia, de inclusión, gamificación, de emociones, de mediadores comunitarios, de sociedad y de lo social, ciencia, astronomía, matemáticas... Pero se vuelve a hablar de lo mismo que oían hablar a sus padres y abuelos. No se dan cuenta de que corre el siglo XXI y de que vamos a toda velocidad hacia otra revolución tecnológica (5G, internet de las cosas...)

La dictadura de las palabras

Rosa Ortega Serrano

No solo algunas enfermedades son contagiosas. También las palabras vuelan y se introducen en nuestra máquina de pensar y en la del vecino, en la de los amigos, la familia y hasta en la cabeza del perro. Las palabras, como las sonrisas y los bostezos se contagian y se repiten. Van y vienen. Nos afirman, nos desdicen y nos ponen en aprietos. 

Por todo esto no podemos pasar de las palabras. Si una vez oímos a un político decir que no podría dormir si hubiera aceptado un gobierno con ministros sin experiencia, solo escuchamos la palabra ministro y la palabra experiencia y nuestra imaginación vuela: Corrupción, puertas giratorias, despilfarro del dinero de todos, señor o señora que sabe hablar a una cámara que les sonríe, estrecha manos, portador de galones, figurante, negociante, gestor de todo, especialista de nada, inteligente, soberbio... Pero experiencia, ¿en qué y para qué?

 

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