No intento con este escrito solucionar el problema, en primer lugar porque no está en mis manos, pero sí quiero dejar unas pinceladas a propósito de los días tan terribles que está sufriendo media España: unos desconsolados y con el miedo en el cuerpo de haberlo perdido todo y otros poniendo los medios para que nos les pase a ellos. Sin embargo, todos debemos estar —y estamos— más unidos y solidarios que nunca para ayudarnos.
Comunidades, autoridades, bomberos, militares, paisanos, restaurantes y amigos de acogida: todos en general, cada uno como ha podido, han sumado esfuerzos dejándose la piel, hombres y mujeres, noche y día, intentando apagar el maldito fuego de la destrucción. Ha quemado nuestra morada, nuestra casa, nuestras tierras y nuestros montes; ha roto al pueblo.
No he encontrado jamás a nadie que hable mal del lugar en el que nació. Mil razones aducimos para presentar nuestros pueblos y todos coincidimos en que el nuestro es el mejor: uno tiene río, el otro montaña; aquel tiene una vega con viñedos y olivares que produce de todo; en aquel hay un hospitalillo, el de más allá cuenta con jardines y vegetación por doquier, el de más arriba tiene seis coches de línea al día, en el del vecino se puede esquiar en invierno y en el mío hay vacas, caballos y ovejas. En el de Luis, por ejemplo, hay granja y tomamos leche fresca, huevos recién puestos y tomates recién cosechados. Todos disfrutamos hablando de nuestras tierras… o, mejor dicho, disfrutábamos.
Porque ha llegado el calor y, con él, el fuego. Ha dejado los hierros retorcidos, las casas derruidas, los árboles socarrados y a los animales sin un puñado de hierba verde que rumiar. Solo hay destrucción, desgracia y un desastre para echarse a llorar.
Yo he llorado. He llorado al ver a un anciano apoyado en su garrota contemplando cómo su pajar ardía en llamas, destruyendo los aperos y quitándole media vida. He llorado por los vecinos que han tenido que ser trasladados a otro pueblo porque las llamas llegaban al umbral de sus puertas. He llorado al ver arder las praderas al ritmo del relámpago, al ver chamuscarse la encina de casi cien años. He llorado al sentir la impotencia de no poder hacer nada. A todos se nos ha quemado algo.
Unos han tenido que salir de sus casas y ser acogidos por los demás, colaborando los vecinos en lo que han podido. En la memoria quedan las imágenes grabadas para mucho tiempo. Las heridas cerrarán, pero las cicatrices nos llevarán al recuerdo y, sobre todo, a preocuparnos para que esto no vuelva a pasar.
Tardará mucho en que todo vuelva a estar como estaba: los animales, los frutales, los montes… todo ha sido arrasado y solo queda un denso olor a humo sobre una alfombra negra llena de pavesas y ceniza.
A todos nos llega el dolor. Creo que debemos estar más unidos que nunca y colaborar, cada uno en la medida de sus posibilidades, para hacer resurgir a nuestra tierra como el ave Fénix. Debemos concienciar a quienes aún no lo están de que el fuego es mortal, sumamente peligroso y destructor. Hay que controlarlo: No perdamos más vidas, casas, animales y cosechas.Se contaminan las aguas, no anidan las aves, la caza se pierde y cuesta respirar. Sufre el medio ambiente y hay que poner manos a la obra TODOS, Y DESDE YA.
Nuestra conciencia, nuestro genio, nuestra valentía y nuestra fuerza nos dicen a todos: ¡¡Adelante!!
Rafael de Frutos Brun
Triste mes de julio de 2026

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