Los Ojos del Fuego

Ha vuelto a suceder. O puede que en realidad no haya dejado de suceder nunca. Puede que solo sea algo que quedaba enterrado bajo la bruma de cerebros adormilados por el exceso de fatiga que produce la sobredosis de estímulos. Estímulos que parecen cada vez menos casuales, como si aparecieran en el momento justo para desviar la atención de los sucesos realmente importantes, haciendo que floten en un limbo borroso en el que cuesta ya identificarlos hasta que se disipan. Pero, como un karma del que nadie está a salvo, la naturaleza nos recuerda de nuevo que hemos vuelto a fallar, que no hemos hecho los deberes y volvió a llegar el momento del examen.

¿Descuido? ¿Negligencia quizá? Desde luego cada año es más fácil descartar la opción de la casualidad o de la mala suerte en un mundo lógico en el que estudiamos ya los sucesos como causa efecto y no como castigos que provienen de un ente superior. Todo parece indicar que las consecuencias que sufrimos son obra de nuestras acciones o, más concretamente, de nuestras inacciones. La mala suerte o el destino pueden ser muy socorridos, pero poco científicos a la hora de hacer estadísticas.

Para algunos de nosotros la llegada del verano nos parece una pesadilla de la que no somos capaces de despertar, como un mal sueño recurrente en el que siempre vuelve a suceder lo mismo, como un “día de la marmota” eterno. Un periodo de seis meses en el paro nos sirve para rumiar el trauma de haber visto con impotencia como arde el mundo sin control. Pero es ese nuestro trabajo a fin de cuentas. Un trabajo que a la mayoría de nosotros nos apasiona y nos frustra a partes iguales. Nos apasiona porque sabemos que cada conato de incendio que vemos a tiempo facilita su pronta extinción. Es frustrante por muchos otros motivos ajenos a los efectos del calor o el cambio climático.

Sí, ha vuelto a suceder. Ha pasado otro periodo de rumiar y comienza la actividad; otra vez el humo a lo lejos; otra vez las llamas consumen nuestro entorno. De nuevo los cementerios acogen a aquellos a los que el fuego ha cogido desprevenidos, ya sean trabajadores que luchan por aplacar su furia, civiles que no supieron que hacer porque nadie les enseñó como actuar en esos casos y otros que intentaban salvar sus bienes a la desesperada.

Hemos vuelto a escuchar a los responsables de los dispositivos de prevención y extinción hablando en los medios de comunicación, con esa voz impostada que nos quiere hacer creer que están muy compungidos por los recientes sucesos, por las pérdidas humanas, materiales y forestales. De nuevo, como niños que tienen que justificar sus malas acciones en público se vuelven a escuchar excusas infantiles como “como íbamos a saberlo”, o puede que nos cuenten que se ha desatado algo que escapa a su control.

Por supuesto que escapa a su control, y quizá lo que necesitamos es alguien que dirija las riendas del operativo a quien no se le venga grande, que no escape a su control.

Si no fuera porque los expertos -a los que no quieren escuchar y de los que se ríen- llevan años previniéndonos de que esto podría suceder, podría parecer incluso real su teatrillo barato.

Pero creo que ya hemos escuchado demasiadas veces la misma cantinela. Creo que ya sabemos que hay quien quiere más toreros y menos bomberos. Y sobre todo, creo que ya hemos perdido demasiadas vidas a causa de la dejadez absoluta de quienes llevan los mandos.

No, no estoy acusando a un partido político y decantándome por otro. En absoluto. Creo que el servicio de incendios forestales, así como las montañas, los bosques o el ganado que se abrasa cada año no entiende de estas cosas. Lo que si que entiende es de abandono, de mal trato, de desprecio y de falta de recursos. Que gracioso sería ver como se dicen entre políticos una y otra vez que hay que dotar mejor a los bomberos forestales, o que hay que reconocerles sus derechos, o que los fuegos se apagan en invierno. Sí, sería gracioso si no fuera porque son ya décadas escuchando la misma monserga. Podríamos reírnos si no fuera porque cada año la gente muere, porque su ganado muere o se quedan sin sus casas debido a la furia cada vez mayor del fuego.

Por desgracia parece que a aquellos políticos lastimeros que ponen caritas ante las cámaras deben ser inmunes a todo esto, porque si no, no se entiende que puedan seguir sumando hectáreas calcinadas y cadáveres año tras año en su currículo y sean capaces de dormir tranquilos. Porque si no fueran inmunes a tanta desgracia habrían firmado ya el nuevo convenio para los Bomberos Forestales que lleva casi dos décadas congelado en un cajón.

Hoy todos hablan de la importancia de armarse militarmente ante una “posible” amenaza de invasión, porque debemos estar listos para combatir a un “posible” enemigo en el futuro. Y entonces, para poder armarnos hasta los dientes, debemos dejar de lado los enemigos que ya están dentro de nuestras fronteras, enemigos reales, no hipotéticos. Debemos recortar en educación, que ya lucha con uñas y dientes contra el enemigo llamado incultura. Debemos recortar en sanidad, que lucha día y noche contra el enemigo llamado enfermedad. Y, en el ámbito que me toca, recortan en el servicio que lucha contra los incendios forestales, un enemigo que lleva invadiendo ya nuestras fronteras -y las de los demás europeos- desde hace ya décadas. Un enemigo formidable que cada vez es más fuerte y más rápido.

¿Qué ejercito combatiría a otro más numeroso que el suyo propio retirando efectivos? ¿Qué guerra se gana intentando tirar misiles a pedradas? Pues es esto lo que parece que pretenden, que apaguemos los fuegos a soplidos, que seamos como los míticos espartanos que se enfrentaron a todo el imperio persa a costa de nuestras vidas claro. Que no hagamos ni el más mínimo esfuerzo en prevención de la inminente batalla frente a un enemigo que nos ha demostrado ya el daño que es capaz de causar.

No insulten nuestra inteligencia, digan simplemente que les importa un bledo. La sinceridad es algo que el pueblo valora. No mientan más, digan que este servicio es una bola que rueda cuesta abajo gracias a que los profesionales que lo componen son comprometidos y saben lo que tienen que hacer, y no porque sus señorías hagan algo. Ahórrense algo de dinero de sus dietas, de sus salarios desorbitados y sus coches oficiales y gasten un poco más en la seguridad de los trabajadores, refuercen las plantillas de extinción. Dejen de comprar cámaras de IA o drones mientras aquí, en Madrid la plantilla de vigilantes tiene una media de edad de 50 años y ningún relevo, ya que con más vigilantes quizá se localicen los incendios antes de que “se escapen a su control”. Siéntense a negociar y creen un cuerpo estatal de bomberos forestales que cubra las necesidades del pueblo que paga nuestros sueldos y los suyos en lugar de negociar con las empresas privadas a las que tanto les gusta satisfacer.

Aún están a tiempo de cambiar las cosas y enmendar los errores. Aún están a tiempo de evitar más perdidas.

Por un servicio de incendios forestales público y de calidad. Por un mundo rural a salvo de las llamas.  

Ya tenemos el fuego grabado en los ojos y en el alma. Hagan algo para que no calcine también nuestro cuerpo.           

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