Para nuestro desconsuelo poco sabemos los montejanos de la historia de nuestro pueblo en cuestión de minería. Y no es que no seamos tierra minera pero, una de dos, o es escaso el mineral o la rentabilidad es demasiado pequeña. Así pues, como cualquier otro acontecimiento que ha existido, humildemente me decido a contarlo. Anticipo que el relato que estás a punto de empezar a leer ha sido casi todo transmitido oralmente de padres y abuelos a hijos y nietos.
Empiezo.
No puedo asegurar cuánto tiempo se trabajó en ellas. Ni cuándo se empezaron a explotar. Sé que mi abuelo materno fue uno de los trabajadores entre los años 1860 y 1880. Y que trabajó en la mina llamada popularmente «Malacate» o «Pozo del Moro» y técnicamente como mina «La Perla». Era de plata. Se encontraba en lo que hoy es el helipuerto, a unos 30 metros de la carretera entre Prádena y Montejo. El acceso era por una galería en la parte poniente de cara al río. Y que comunicaba con un pozo abierto y con el fondo de la mina por donde manaba agua. De esta mina tenemos documentación escrita pues en la cámara de Regino se encontraron libros con recibos con el siguiente texto: «…La Perla: He recibido de don … la cantidad de x pesetas por los trabajos en la mina.» Y es que el padre o el abuelo de Regino fue listero de la mina. El listero era la persona encargada del control administrativo y de personal dentro de la explotación minera. La galería de esta mina se sostenía gracias a maderos verticales o inclinados que sujetaban vigas colocadas en la parte superior de los mismos que a su vez sujetaban tablas para evitar la caída de piedras. El material lo sacaban con una garrucha montada en un potro que subían dando manivela manual dos personas. Arriba se seleccionaba el mineral y se desechaba, escombrera abajo, el material no válido. Recuerdo que de niños bajábamos deslizándonos por la escombrera montados en ramas de roble con hojas. Otra que de las diversiones era buscar las piedras de cristal de cuarzo transparentes.
En esta mina trabajó mi abuelo, de sol a sol, y contaban la mujer e hijos que el día que le tocaba sacar material del fondo, cuando llegaba a casa, se tumbaba en el escaño de la cocina y decía que no quería ni cenar, solo acostarse. Por lo cansado que estaba.
El pozo se utilizó hasta finales del siglo XX como vertedero.
A unos 250 metros tenemos otra mina hecha de fábrica que es, o era, cuadrada. También era de plata pero tenía un problema y es que a cierta profundidad se anegaba y no era rentable seguir trabajando en ella. Siempre se ha conocido como «la de los gorrinos» pues en ella se echaban lo cerdos que salían con triquinosis y algunos otros animales muertos.
Siguiendo camino hacia Montejo, y a media ladera entre el río y la carretera, frente al molino de Antero, estaba en un ribazo la del «Tío Chichano». De forma rectangular y poca profundidad nadie ha sabido decirme por qué se llamaba así ni qué mineral se extraía de ella.
Hay otra cruzando el río en dirección al cementerio a la izquierda. Nunca ha tenido agua y actualmente está rodeada de grandes zarzales. Ese paraje se llama «El Quiñón». Tiene una escombrera bien pronunciada y la siguiente anécdota bien sonada, no vivida por un servidor pero contada por muchos.
A finales de abril, primeros de mayo, regresaban los pastores de Extremadura, siempre por la tarde. Muchos familiares y amigos les salían a esperar para saludarles y ver llegar el ganado. Algunos llegaban hasta el «Santo Roto». Los niños hasta «El Lomo» pues saben que les traen bellotas dulces. Pero hoy echan de menos a Juan. Como han estado jugando junto a la mina alguien piensa que se ha podido caer en ella. Hilario Fernández se ata a una gruesa cuerda y baja a los 10 metros de profundidad que tiene la mina. Pero el niño no está en la mina. El niño se había quedado dormido en un orillón y allí aparece. Hilario (el Rosco) que fue quien bajó, dijo que no tembló pero que tuvo miedo de las piedras que caían al arrastrar la soga por el perfil.
Otra mina que está abierta es la situada a los pies del Prado Trabajo, más o menos donde está el salero de invierno. Excavada en peña, junto al arroyo, a la izquierda de la carretera. Se la conoció como la mina del «Tío Pata Chula». Vox populi cuenta que este señor no debía estar contento con su vida y tomó la decisión de tirarse al fondo de la mina pero al caer al agua se arrepintió he intentó subir agarrándose a un espino que terminó arrancándose y los dos se fueron al fondo para siempre.
Hubo otra mina explotada que se llamaba San José, situada junto al Prado Lero. El denunciante parece que no funcionaba bien a la hora de pagar, porque la producción era escasa, y se «olvidaba» y retrasaba en los pagos. Enojados los obreros decidieron «guardar» la herramienta en el fondo de la mina y allí cayeron picos, palas, espuertas, niveletas y plomada y hasta el torno entero cayó al fondo, según contó el señor Anastasio.
En otra ocasión se cayó una vaca y hubo que descolgarse con sogas para sacarla con vida. Las herramientas se quedaron abajo. A raíz de este suceso se empezó a utilizar esta mina para deshacerse de las vacas muertas por carbunco y de los alimentos en mal estado. Hoy está cegada y rodeada de zarzales.
En el Quiñoncillo hay otra mina seca pequeñita, de unos 3 metros. Un día fue Gregorio a por leña allí cerca y vio que dentro había un jabalí vivo que se había caído. Regresó al pueblo y con Jesús Hernán lo cobraron.
Pasamos ahora a la mina de «La Mica». Esta fue explotada hasta después de la Guerra Civil y en ella ya se trabajó con maquinaria más moderna. Situada en «El Lomo», junto a la carretera, a la izquierda del cementerio, y ya dando vista a Horcajuelo. Hoy ya está cegada. De ella se extrajo el mineral de mica. La veta era muy somera y se podían ver los trabajos desde la superficie. La mica se utilizaba como material aislante en la fabricación de las bobinas eléctricas.
Para la explotación de todas estas minas llegaron a Montejo personal conocedor de la minería. Los ingenieros y técnicos vinieron de Almadén y de Puertollano y realizaron distintos trabajos, experimentos y calicatas para ver la rentabilidad del mineral. Para el trabajo profesional dentro de las minas vinieron mineros de Galicia y Asturias.
Tenemos recogidas las calicatas de:
- San Valentín, en la Dehesa por debajo de la Choza. De hierro argentífero.
- La Gitana, en el Lomo Quiñón. De hierro argentífero.
- Santa Isabel, en la cuesta de la Castilla. De hierro argentífero.
- Venus, en la vertiente del río Jarama. De hierro argentífero.
- San Juan, en la entrada del Collaillo.
- Júpiter, en los Santillos. De sulfato de antimonio.
- Nazaret, en la Ermita. De sulfato de antimonio.
- Santa Catalina I, en el camino del Zarzal. De hierro argentífero.
- Francisca Paula, en Pascual Ibáñez. De plata.
- Santa Catalina II, en las Cabezas. De hierro.
- San Isidro, en los Cardeales. De hierro.
Las dos calicatas llamadas Santa Catalina son las únicas autorizadas para la posible explotación por un vecino de Montejo, Martín Fernández.
De todas estas calicatas ninguna produjo resultados positivos o rentables.
El hierro argentífero es un mineral o depósito de hierro que contiene cantidades significativas de plata. La palabra «argentífero» proviene del latín argentum (plata) y ferre (llevar), lo que significa literalmente «que lleva o contiene plata».
De las minas de sulfato de antimonio, se extrae el antimonio, utilizado para retardantes de llama y pigmentos.
A título particular y popular hubo otra «mina» para los vecinos de Montejo y fue la recogida y venta de simples piedras que encontrábamos por cualquier parte del término municipal. Es la sillimanita o «piedra de dinero» de la que se han vendido miles de kilos desde principios de 1950 y durante 30 años. El comercio de la silimanita lo tenía adjudicado, por lo visto, un empresario segoviano que junto con otro comercial de Montejo tenían los derechos de la compra y la venta de las piedras encontradas en esta zona de la Sierra Norte y de las zonas linderas de Segovia y Guadalajara. Cuando se conoció el valor de las piedras se empezaron pagando a 0,15 céntimos de peseta el kilo y era fácil encontrarlas, sobre todo en las tierras aradas porque con la lluvia se lavaban y quedaban a la vista. Las encontrábamos de todos los tamaños pero el peso más normal por pieza era de un kilo más o menos. Era frecuente encontrarla en forma de cantos rodados pulidos naturalmente, de colores blancos, marrones claros y grises, en las que se ve una estructura fibrosa pero muy compacta, No se ha sabido que hubiera ninguna cantera pero una vez se encontró una bolsa y hubo que ir con carros para poder traer todo lo que se encontró allí.
A medida que se recogían kilos y kilos de la piedra por todo el término iba quedando menos cantidad visible y al mismo tiempo también se araba menos por lo que su precio fue en aumento llegando a pagarse por ella hasta 1,30 pesetas por kilo a principios de los años ochenta. Las gentes de los pueblos de este rincón ganaron bastante dinero con las piedras.
Piedras que se llevaban a procesar unas veces a A Coruña y otras veces a Casetas, en Zaragoza. Y lo sé porque yo fui el conductor que conduje el camión cargado de piedras durante un par de años. Voy a terminar este relato enumerando algunos nombres de los minerales que hemos conocido y para ello tengo que beber en la fuente de don Jaime Rodríguez-Candelas Manzaneque, cura que estuvo en Montejo al terminar la guerra muy aficionado a los minerales y al campo.
Él recoge que los minerales más abundantes son el cuarzo o cristal de roca, la mica, el granate almandino, la sillimanita o piedra de dinero, la pirita y la cianita.
Rafael de Frutos Brun
Montejo de la Sierra
Abril de 2026

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