En 2025 el 90% de su superficie ardió
Hace un año un grupo de alumnos y profesores del IES Alto Jarama de Torrelaguna (Madrid) visitamos Paiporta y Algemesí, dos de las poblaciones que se vieron afectadas por la DANA en la provincia de Valencia. Nuestro objetivo era ayudar y eso fue lo que hicimos durante tres días completos.
Lo que encontramos allí fue mucha necesidad de ayuda y apoyo emocional, y también mucha sensación de abandono y cansancio, tanto físico como psicológico.
Un año después de aquella experiencia hemos visitado la comarca de Valdeorras, en la provincia de Orense, una de las zonas más afectadas por los incendios del último verano y lo hemos hecho con parte del alumnado de 4º ESO y FP Básica en Aprovechamientos forestales.
Lo primero que observas según te vas acercando a la zona quemada es cómo el color negro invade el monte y rodea las poblaciones, sobre todo si el pino era la especie que crecía allí. Sin embargo, en aquellas laderas donde la vegetación autóctona cubría el suelo (robles, fresnos, castaños…), el color verde va ganando paso al negro.





San Vicente de Leira fue la aldea elegida para aportar nuestro pequeña semilla de ilusión y esperanza.
La aldea pertenece al municipio de Villamartín de Valdeorras y sucumbió, en un 90% de su superficie, a las llamas del incendio que sufrió este verano.
La primera sensación que recibes al entrar por la calle principal es de incredulidad, ya que los bloques de piedra de las casas afectadas se acumulan sobre el suelo como si hubiera sido un bombardeo, y no las llamas, lo que hubiera provocado ese nivel de destrucción.
A continuación, tus ojos se desvían hacia unos pequeños altares, distribuidos por las distintas calles, como si quisieran representar escenas congeladas en el tiempo que ya no podrán tener lugar. Mesas, sillas, cubiertos, platos, vasos…, componen escenas cotidianas en homenaje a lo que fue y ya no es. Sin embargo, y sin nosotros poder adivinarlo, nuestra presencia allí consiguió dibujar una sonrisa en los rostros cansados y abatidos de los vecinos que nos recibieron.
Frente al centro social del pueblo, un pequeño camión del ayuntamiento transportaba decenas de árboles frutales que esperaban un dueño para ser plantados en ese terreno tan fértil y a la vez tan castigado.
Un árbol frutal es aquel que, casi como un milagro de la naturaleza, transforma flores en frutos que posteriormente consumimos los humanos. Limoneros, naranjos, perales, castaños, almendros, manzanos…, se fueron repartiendo entre los vecinos que se agolpaban en torno al camión y, poco a poco, nuestros alumnos, distribuidos en parejas, iban acompañando a los distintos vecinos.
No es fácil ver a adolescentes compartiendo charla y tiempo con personas ya jubiladas, en los que su juventud y adolescencia se sitúa ya en años remotos de su vida, pero cuando esa interacción se produce y fluye como si aquello tuviera lugar cada día, parece también un milagro, como el mismo que convierte flor en fruto.
Esa interacción, esa compañía, ese apoyo, ese estar ahí, consiguió aportar un hilo de ilusión y de esperanza en ese grupo de vecinos cuya sensación de abandono se remontaba, como mínimo, a ese día fatídico en que sus casas, sus calles y sus árboles, incluidos los castaños milenarios que, como guardianes del tiempo circundaban y protegían su aldea, sucumbieron bajo las llamas.
Solamente los que presenciamos ese momento de comunión, ese momento en el que las edades se mezclaban, mientras las azadas cavaban los hoyos que iban a dar cobijo a esos nuevos árboles, podíamos sentir esa magia especial que parecía fluir en el aire que respirábamos.
Después, todos juntos de nuevo, pero esta vez en el interior del centro social, expresamos esa magia y esas emociones con palabras, los mayores y los jóvenes, los foráneos y los autóctonos, y fue entonces cuando se escucharon palabras como abandono, impotencia, destrucción, indignación y miedo, pero también escuchamos palabras como ilusión, fuerza, esperanza y futuro.
Y como despedida de ese encuentro, la Pepita, una de las vecinas de la aldea, nos agasajó con una bandeja de rosquillas azucaradas y esponjosas que aún desprendían calor.
Y nos pidieron que habláramos en Madrid de ellos, vosotros, que estáis más cerca de los políticos, habladles de nosotros, nos decían. Y nos decían también que no nos olvidásemos del rural. Así nos lo decían, del rural, porque sin el rural, como decían ellos, no hay vida en la ciudad; porque lo mejor que tenéis en la ciudad, viene del rural. Y sabemos que tienen razón: que todo lo mejor proviene de ellos.
Es cierto que, por distancia, estamos más cerca de los políticos, pero sabemos también que la distancia, en este caso, no determina la proximidad o lejanía a esas personas que toman decisiones tan importantes para nosotros.
Un año después hemos podido sentir, de nuevo, esa misma sensación de abandono, cansancio, enfado y rabia que conocimos en Valencia, como si en un caso, el exceso de agua, y en otro, el exceso de fuego, hubieran producido el mismo efecto. Aunque todos sabemos también que ni el agua ni el fuego son los culpables de esas emociones.
M.ª Jesús Jiménez Montalvillo
(Profesora del Ámbito científico-tecnológico de 2º Diversificación)

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