Rafael de Frutos Brun – Montejo de la Sierra
Voy a contar unos hechos,
si no falla mi memoria,
de la vida del tío Pedro
que van pasando a la historia.
Son unos recuerdos vivos
aunque ya están a distancia,
recuerdos que no se borran
por ser recuerdos de infancia.
Tal vez escenas vividas
y nostalgias y recuerdos
de una niñez que se fue
cuando yo estaba en el pueblo.
Recuerdo que en este tiempo
el tío Pedro nos contaba
historias que habían vivido,
boquiabiertos nos dejaba.
Había que estar en silencio
mientras contaba el relato,
la cosa era interesante
no podías perder un dato.
Hablaba de Extremadura,
que estuvo en sus tiempos mozos,
y nos contaba peleas
de los perros y los lobos.
Nos hablaba de sus perros,
la “Leona” y el “Careto”,
que hacían temblar a los lobos
en los terrenos aquellos.
La historia de aquel cordero
que un lobo le había quitado
que él intentaba hacer larga
mientras fumaba un cigarro.
Y cómo la noche aquella
que desató la tormenta
se escaparon las ovejas
en medio de las tinieblas.
Reunidos los sobrinos
en torno a la lumbre baja,
iba contando sus cuentos
mientras miraba las ascuas.
Nos hablaba del caballo
con una estrella en la frente
que dice que él le montaba
y era envidia de la gente.
Qué emocionantes relatos!
¡Y qué vivas las escenas!
¡Qué recuerdo emocionado!
y ahora me llenan de pena.
Los años fueron pasando
y el tío Pedro se ha hecho viejo
y ahora quiero yo contarlo,
quiero contarlo y no puedo.
Me da mucha pena el verlo
al pie de la lumbre aquella
donde contaba la historia
de la loba y de la perra.
Ya no levanta las manos
para contarnos sus cosas,
las que contaba de joven
de los mozos y las mozas.
Yo quiero hacerle vivir,
le recuerdo la tormenta,
y aunque le doy los detalles
me dice que no se acuerda.
Su memoria ya le falla
y su cuerpo esta encorvado,
con su garrota en la mano
el permanece callado.
A rastras lleva sus pies
tiene agachada su frente
y no te habla del caballo
que era envidia de la gente.
En ese sillón de brazos
él se encuentra recostado
y si tu no le preguntas
él permanece callado.
¡Qué pena me da que calle
y que no me hable el tío Pedro!
sus manos entrelazadas
y aporrillados sus dedos.
Yo cuando llego y le beso,
le pongo la mano al cuello
y le recuerdo sus gestas
que viviera en otro tiempo.
Tal vez sólo la nostalgia
me moviera a escribir versos
y el hacerle un homenaje
a la HISTORIA DEL TIO PEDRO.
Junio 1974

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