Rafael de Frutos Brun
Tenías el título y rango de madre, y ejercías como tal, pues debajo de tus ramas siempre encontró cobijo el que lo venía a buscar.
Uno de tus cuidadores, Andrés, hace ya 3.600 días, se dio cuenta de que éramos tus amigos y en una foto que nos hizo quedó grabada la cercanía que teníamos contigo.
Fue una tarde que nos sentamos a tu lado para acompañarte, darte un abrazo y que nos contaras cosas tuyas.¡Cuánto enseña un ser vivo como tú!
Las circunstancias nos han impedido ir a felicitarte esta última Navidad y acariciar tu piel quemada por el sol, porque la vida no se detiene.
Los estudiosos de la naturaleza nos aseguran que tenías más de 250 años. Nosotros ya te conocimos mayor; pero, al conocerte, ya dejaste una huella que ha permanecido hasta ahora. Ha sido la última nevada, la del 24 de enero, la que te ha tumbado debajo de su manto blanco.
Tu historia es larga, larguísima, ya la vivieron nuestros abuelos. Todo pudo empezar con un ratoncillo de campo que intentaba guardar unos hayucos en la floja tierra del hayedo. Encontraron la humedad necesaria y brotaron los tallos de cinco o seis de ellos que, por el fenómeno de la inosculación, unieron sus raíces y tallos para crecer fuertes y resistir vendavales y otras nevadas: La unión hace la fuerza.
Tu crecimiento fue espectacular. Ocupaste un espacio privilegiado junto a otras importantes hayas. Tú y tus hermanas crecisteis en la «plaza» o «explanada», uno de los lugares más llanos de El Hayedo. Pudo haber sido el ratoncillo el que enterró los hayucos o, tal vez, el agua de lluvia de alguna tormenta el que los arrastró. O, quizás, una paloma torcaz los perdió mientras volaba. Lo cierto es que nacisteis en un paraje de ensueño y habéis dado gloria y esplendor a unas cuantas generaciones.
Completa esta etérea postal el zigzagueante río Jarama que se desliza entre rodadas piedras y parece que no corre el agua sino que se escurre por el cauce como si estuviera acariciando los juncos y matas de la orilla.
¡Cuántas visitas, cuántos recuerdos y cuántos abrazos cuando llegábamos a tu altura! Ha habido veces que te hemos presentado a nuestros amigos, como si fueras un familiar nuestro. Sentados a tu lado, han pasado por nuestra mente, como si fueran nieblas de algodón, los carros tirados por bueyes cargados de carbón hasta sacarlos al puente. O los montones de bellotas junto a las verdes raíces de «La Empeñada» que recogían tus amigos de Montejo para sus cerdos. Aquí, a tu lado, tapada con una manta, se quedaba la merienda mientras los hombres le robaban al río unas truchas que se asarían en una lumbre junto al Jarama. O la algarabía de todos los que subíamos en el carro a pasar el día.
También viste, porque fue un lenguaje cuasivisual, cuando el vaquero le dijo a la pastora que la quería y ella le dijo que también ella a él. O la fiesta religiosa de Javier Quintanilla cuando hizo su primera comunión con un grupo de scouts siendo tú el retablo de la ceremonia.
Fuiste testigo de las voces que daba Matías llamando a su hijo Pablo, que había muerto bajo el peso de un acebo y solo se escuchaba el retumbar del eco. Y escuchaste tantas veces los bramidos del corzo en la berrea cuando «decía» a sus compañeras que allí estaba él. Incluso apareciste en la gran pantalla pues fuiste protagonista de excepción en algunas escenas de la película «Akelarre», de Pedro Olea, en 1984.
Y así podríamos seguir contado, querida amiga, cosas y más cosas de tu larguísima vida. De todas las personas que te han visitado, se han abrazado a ti y se han quedado admirando tus sedosas hojas verdes en primavera o vestidas de color miel y más tarde de rojo en otoño.
Pero te has ido. Esas cinco o seis columnas que te ataban al suelo y que se alejaban del mismo para ascender hacia los cielos se han quebrado. Es ley de vida. Has pasado a ser lo que no eras. Pero no te preocupes, en tu lugar nacerán hijas tuyas y los que vengan sabrán tu historia.
Y tus compañeros que fueron los robles, los acebos, los cerezos, los avellanos, los rabiecanos, los tejos, los servales, los maíllos, los carambujeros, los helechos, el pino, los temblones, los piornos, los brezos, los majuelos, la zarzamora y algunos que se me quedarán en el tintero, te echarán de menos y sus ramas susurrarán al aire para darte las gracias por haber sido parte de ellos.
Entre todos habéis conseguido que este maravilloso rincón sea la capital del turismo serrano. Estamos agradecidos a todos vosotros y hacemos propósito de seguir cuidando los valores que tenemos en la puerta de casa.
Rafael de Frutos Brun
Montejo
2026

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