Los carriceros son una familia de aves bastante desconocida y son, como su propio nombre indica, habitantes de zonas húmedas y al permanecer entre la vegetación palustre no es fácil verlos. Lo normal es localizarlos habiéndolos escuchado previamente. En nuestro país es una especie estival, que llega procedente del África tropical, es un migrador transahariano. Para ser un pájaro de apenas doce gramos, con una longitud de 13 cm y una envergadura sobre los 20, se trata de un viaje largo, al igual que el de otras especies estivales pequeñas como los simpáticos aviones comunes. Destacar una vez más estas “proezas” del mundo natural, parece increíble que este largo trayecto lo realicen dos veces al año.
El Carricero común (Acrocephalus scirpaceus) es de tonos pardos uniformes y uno de sus rasgos distintivos, al igual que en otros carriceros, es que tiene la frente aplanada y el pico fino y relativamente largo, lo que le confiere un aspecto de cabeza apuntada. La zona dorsal es pardo olivácea y la inferior de un tono ocre blanquecino. Tiene la garganta pálida y el pico oscuro por arriba y amarillento por debajo. Las patas y pies parduzcos con tonos grises o azulados. Ambos sexos son iguales.
Cría en casi toda Europa y ocasionalmente en algunos lugares del noroeste de África y Oriente Medio. Sólo se encuentra en los continentes africano y europeo. Es raro verlo a más de mil metros de altitud. En España está presente en los valles y costas, más abundante en los del Ebro, Duero y Guadalquivir, además de en la región levantina. También en Baleares pero está ausente en Canarias. En nuestra comarca lo localizaremos con mayor facilidad en la zona de la campiña, aunque también cría en algunos lugares de la sierra. Ocupa marismas y humedales con juncos, carrizos y otras plantas acuáticas. Aunque también se le puede observar en canales de riego, acequias,…, a veces en la vegetación ribereña como sauces o mimbres, incluso en zonas secas con bastante matorral. Se mueve constantemente entre la vegetación buscando su alimento: insectos, arañas y sus larvas; en menor cantidad pequeños moluscos y lombrices de tierra y, aún menos, algunas semillas, flores y frutos.

Su llegada a la Península es tardía porque la mayoría de los carriceros aparecen desde mediados de abril a principios de junio. Los machos emiten su llamativo canto, largo y variado, con estrofas de palabras disílabas: chep-chep, cherk-cherk, tuichirrek, tui-chirrek, uiit-uiit, cherp-cherp, chirrek-chirrek,…Estas frases suelen durar unos quince segundos pero a veces pueden estar treinta seguidos hasta hacer una pausa; es el agradable canto típico de las lagunas y humedales. Es monógamo y repite el lugar donde se reprodujo en años anteriores, se establece en colonias. Es durante esta época cuando se puede ver más fácilmente, ya que el macho puede cantar desde lo alto de los carrizos, a veces en una postura característica: con una pata pegada al cuerpo arriba y la otra estirada abajo. A poco de reencontrarse con la hembra, ésta comienza la construcción del nido, a menudo a escasa altura, oculto entre la vegetación. Es de forma cilíndrica y bastante profundo: esta copa la elabora con hierba seca, que sujeta firmemente a varios tallos cercanos y reviste interiormente con pelos, plumas, hierba fina, lana, etc. Una vez concluido llegará la puesta, ya avanzado mayo o entrado junio, normalmente de cuatro a seis huevos, que son incubados por los dos adultos durante un periodo de diez a doce días. Tras la eclosión, el macho y la hembra comparten el alimentar a los pollos durante 10-14 días hasta que puedan volar aunque luego permanecerán otras dos semanas cerca de los padres. Se puede producir una segunda puesta en julio. Es curioso que los carriceros sean una de las especies preferidas a las que parasitan los cucos, dada la diferencia de tamaño, ya que el pollo intruso apenas cabe en el nidal; cuando esto sucede la descendencia de los carriceros haya nacido o no, es expulsada fuera y la pareja de carriceros no da abasto para alimentar al gigantesco pollo. Desde mediados de agosto hasta primeros de octubre nos dejarán y recorrerán el trayecto de vuelta al continente africano.
No es una especie amenazada siempre que conservemos su hábitat, ya que las zonas húmedas con vegetación palustre pueden ser objeto de quema de carrizales, canalización y dragado de cauces fluviales, eutrofización, etc. todo ello producido por nuestra presencia, la de los seres humanos. Cuidemos a estas pequeñas aves, emblema de los humedales y que sus melodiosos cantos no dejen nunca de escucharse en estos valiosos entornos.
Miguel Ángel Granado (Coordinador Grupo Local SEO-Sierra Norte)

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