Durante demasiados años, el futuro de El Paular ha estado atrapado entre la inacción administrativa, los prejuicios ideológicos y, también, la influencia de determinadas personas que han actuado como si el monasterio y su entorno formaran parte de su esfera particular de poder.
Ese es, a nuestro juicio, el caso de Juan Vielva.
Nadie puede negar que su trayectoria profesional ha tenido peso en la gestión vinculada al entorno de Peñalara y del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Pero una cosa es la experiencia profesional acumulada y otra muy distinta pretender convertir esa posición en una especie de derecho de veto permanente sobre el porvenir de El Paular y el Valle del Lozoya.
Porque eso es lo que muchos vecinos percibimos. Que cuando por fin aparece una oportunidad para recuperar el uso del antiguo hotel, reactivar el conjunto, atraer inversión, generar actividad y dar una salida útil y sostenible a un patrimonio cerrado desde 2014, vuelven a aparecer los mismos frenos, las mismas resistencias y el mismo clima de bloqueo.
Y conviene decirlo con claridad: El Paular no puede seguir subordinado a los intereses, preferencias o planes personales de nadie. Ese modo de actuar no protege El Paular. Lo congela.
Y un patrimonio congelado es un patrimonio cada vez más débil, más costoso de mantener y más desconectado de la vida del territorio al que pertenece.
Lo preocupante no es solo la discrepancia sobre el modelo. Lo preocupante es la sensación, cada vez más extendida, de que alrededor de El Paular ha operado durante demasiado tiempo una red de influencia donde lo institucional, lo personal y lo relacional aparecen mezclados de forma difícil de justificar ante los vecinos. También llama la atención la presencia de Nuria Hijano en la gestión de eventos culturales vinculados al monasterio, un dato que, como mínimo, alimenta preguntas incómodas sobre la neutralidad con la que se han movido algunas piezas en este tablero.
Y cuando en un asunto público empiezan a repetirse siempre los mismos nombres, los mismos círculos y las mismas resistencias al cambio, la obligación de cualquier vecino es preguntar. Preguntar a quién beneficia el bloqueo. Preguntar quién gana cuando El Paular sigue cerrado. Preguntar por qué cualquier proyecto que no encaja con determinados intereses acaba siendo combatido con tanta intensidad.
La reciente salida de Juan Vielva de sus responsabilidades al frente del Centro de Investigación del Parque Nacional, en junio de 2025, marca además un cambio de etapa. Y quizá explique también el endurecimiento de algunas posiciones. Porque cuando una persona ha ejercido durante tanto tiempo influencia real sobre un ámbito, no siempre acepta de buen grado que ese ámbito empiece a caminar sin su tutela.
Pero ese tiempo ha terminado.
Y lejos de ser una mala noticia, puede convertirse en una oportunidad para Rascafría y para todo el Valle del Lozoya.
Una oportunidad para abrir una nueva etapa sin vetos informales, sin guardianes autoproclamados del destino del monasterio y sin estrategias de bloqueo disfrazadas de superioridad moral. Una oportunidad, en definitiva, para que lleguen inversiones, actividad, empleo y futuro.
Defender la reapertura y la reactivación de El Paular no es atacar su valor histórico. Es precisamente lo contrario: es negarse a aceptar que una joya patrimonial siga cerrada, infrautilizada y convertida en rehén de quienes llevan años diciendo “no” a casi todo.
Porque un monasterio de esta importancia no puede seguir secuestrado por inercias, obsesiones particulares o luchas de poder de final de una vida profesional. El Paular merece salir del embudo de intereses que lo ha frenado demasiado tiempo.
Y Rascafría también.
Iniciativa Vecinal por la Reapertura de El Paular.

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