LAS HISTORIAS DEL TIO PEDRO

Voy a contar unos hechos,

si no falla mi memoria,

de la vida del tío Pedro

que van pasando a la historia.

Son unos recuerdos vivos

aunque ya están a distancia,

recuerdos que no se borran

por ser recuerdos de infancia.

Tal vez escenas vividas

y nostalgias y recuerdos

de una niñez que se fue

cuando yo estaba en el pueblo.

Recuerdo que en este tiempo

el tío Pedro nos contaba

historias que habían vivido,

boquiabiertos nos dejaba.

Había que estar en silencio

mientras contaba el relato,

la cosa era interesante

no podías perder un dato.

Hablaba de Extremadura,

que estuvo en sus tiempos mozos,

y nos contaba peleas

de los perros y los lobos.

Nos hablaba de sus perros,

la “Leona” y el “Careto”,

que hacían temblar a los lobos

en los terrenos aquellos.

La historia de aquel cordero

que un lobo le había quitado

que él intentaba hacer larga

mientras fumaba un cigarro.

Y cómo la noche aquella

que desató la tormenta

se escaparon las ovejas

en medio de las tinieblas.

Reunidos los sobrinos

en torno a la lumbre baja,

iba contando sus cuentos

mientras miraba las ascuas.

Nos hablaba del caballo

con una estrella en la frente

que dice que él le montaba

y era envidia de la gente.

Qué emocionantes relatos!

¡Y qué vivas las escenas!

¡Qué recuerdo emocionado!

y ahora me llenan de pena.

Los años fueron pasando

y el tío Pedro se ha hecho viejo

y ahora quiero yo contarlo,

quiero contarlo y no puedo.

Me da mucha pena el verlo

al pie de la lumbre aquella

donde contaba la historia

de la loba y de la perra.

Ya no levanta las manos

para contarnos sus cosas,

las que contaba de joven

de los mozos y las mozas.

Yo quiero hacerle vivir,

le recuerdo la tormenta,

y aunque le doy los detalles

me dice que no se acuerda.

Su memoria ya le falla

y su cuerpo esta encorvado,

con su garrota en la mano

el permanece callado.

A rastras lleva sus pies

tiene agachada su frente

y no te habla del caballo

que era envidia de la gente.

En ese sillón de brazos

él se encuentra recostado

y si tu no le preguntas

él permanece callado.

¡Qué pena me da que calle

y que no me hable el tío Pedro!

sus manos entrelazadas

y aporrillados sus dedos.

Yo cuando llego y le beso,

le pongo la mano al cuello

y le recuerdo sus gestas

que viviera en otro tiempo.

Tal vez sólo la nostalgia

me moviera a escribir versos

y el hacerle un homenaje

a la HISTORIA DEL TIO PEDRO.

Junio 1974

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