La emoción que nos produce el hecho de leer poesía, a veces, no tiene tanto que ver con el texto leído, sino con la escucha atenta de leerlo en conjunto, en corro, como resultado de ese proceso artístico que es provisional y está abierto.
La hibridación y la porosidad de este género encuentran, entre las rimas y las leyendas, la posibilidad de abrirse al corazón del lenguaje: una narrativa que lleva tiempo en el interior y que necesita vincularse con algunos centros de reflexión que aúllan por dentro: nostalgia, miedo, esperanza, alegría, amor, soledad.
Este compromiso del poeta con las efemérides bebe de las palabras, ligadas y entretejidas con silencios suaves. Es claro, y no es raro, que la poesía se valga de esos silencios para establecer diálogo con quienes la escuchan.
Siendo así, aparecen silencios cómplices, enfáticos, fatídicos, hipnóticos, impotentes, sonoros, tentadores, ubicuos, níveos, vacíos, glamurosos, rabiosos, justos, caducos. Aún más: hay silencios que proclaman a gritos verdades ocultas. Y, para todo ello y en todos los casos, necesitan a la poesía para disparar muy lejos y dar en el blanco.
Para continuar, y al hilo de esta madeja de palabras, cabe reseñar un encuentro que tuvo lugar el pasado 28 de febrero en la Biblioteca Municipal Jorge Martínez Reverte. Ese día, la biblioteca acogió el proyecto Caravana de Poetas, impulsado por el Colectivo Masquepalabras. Dicho encuentro fue coordinado por Ainhoa Janices Estraviz, quien propuso un taller de escritura cuyo nombre, «El poema que encadena y nunca se detiene», se vivió como una experiencia maravillosa.

Al finalizar el taller, se dio paso a un recital poético. Dos poetas, Luis Díaz y Paola Soto, vinieron dispuestos a cautivarnos con la metáfora y la sinalefa.
La sesión fue una convivencia de versos que giraron en torno al recuerdo. Palabras como «casa» salieron al encuentro para devolvernos, a quienes leemos, esa mezcla de nostalgia que nos permite reabrir la puerta de aquella HABITACIÓN que fue nuestra infancia.
Agradecemos a David Echeverría sus bonitas fotografías; a Ainhoa Janices Estraviz, su maravilloso taller; y a los poetas Luis Díaz y Paola Soto, por hacernos sentir en casa. Y, por supuesto, muchísimas gracias a todos los asistentes que, siendo valientes, leyeron alto y fuerte sus poemas y nos hicieron partícipes de sus secretos más hondos.
Carolina Olivera
Biblioteca Municipal Jorge Martínez Reverte

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