Al leer el título de este relato, sospecho que más de un amigo —de esos que, además de buenos, son socarrones— habrá bromeado diciendo que me he equivocado y he firmado al principio. Pero lejos de cualquier equivocación, hoy me corresponde hablar, hasta donde alcanza mi memoria, de este noble y resistente animal que hemos tenido en casa durante tantos años.
Para situarnos, hablo de un cuadrúpedo no rumiante, dotado de una pezuña dura y córnea que el hombre cuida colocándole una herradura. Suele medir alrededor de 85 centímetros al pecho y alcanzar entre 1,20 y 1,40 metros de alzada. Tiene el pelo largo, orejas más grandes que las del caballo y pertenece a la familia de los équidos. Come prácticamente de todo: hierba, cereales, pienso molido mezclado con paja… En fin, es poco exigente. A los dos años alcanza la madurez y, como dice el dicho, «trabaja como catorceno y come como quinceno».
Su gestación dura un año y, a los dos años de vida, ya puede reproducirse. Del cruce entre burro y yegua o de caballo con burra, nacerá un mulo o una mula. Estos híbridos, como es sabido, no tienen descendencia. Se dice que las mulas son menos «falsas» si nacen yeguatas, y que los mulos son mejores si son burreños.
Este animal ha demostrado siempre una naturaleza admirable. Cuando necesita asearse o rascarse, él solo se tumba en el suelo, se revuelca panza arriba y, al levantarse, realiza un movimiento parecido al de la criba para desprenderse de la tierra. Posee una capacidad de adaptación extraordinaria. Puede pesar entre 80 y 100 kilos y, estando en reposo, es capaz de sostener sobre su cuerpo alrededor de quinientos kilos.
Tiene mala prensa, injusta en la mayoría de los casos. Dicen que es terco, feo, lento, cabezón y que su propio nombre lo define. Pero quienes así hablan, simplemente no lo conocen. El burro obedece: basta decirle «arre» para que comience a andar y «so» para que se detenga. Ergo… tonto no es. Requiere muy pocos cuidados: buen alimento, un trato adecuado, un esquilado en primavera y se convierte en un ayudante formidable.
Jesús lo eligió —según las Escrituras— para entrar en Jerusalén. Suponemos también que san José, al ir a empadronarse a Belén, le colocó una manta en los lomos para que la Virgen María, en estado de gestación, viajara más cómoda.
En Alcalá de Henares, un vecino escritor de nombre Miguel, sabía que unos amigos iban a ir a «desfacer agravios y enderezar entuertos». Para tal propósito les buscó un jaco y un jumento, al que llamó Rucio, para llevar a Sancho, cuyas posaderas ocuparían desde la cruz hasta las ancas del pollino. Aquel Rocinante transportaría a un hidalgo alto, seco y soñador de apellido Quijano.
Juan Ramón Jiménez bautizó a otro pollino con el nombre de Platero —nombre hermoso donde los haya—, que lo acompañó simbólicamente por medio mundo y que muchos consideran precursor del turismo rural por su comodidad, seguridad, nobleza y economía.
El equipo básico del burro es sencillo: una «albarda» y una «cabezada». La «albarda» se asegura con una cincha que pasa por detrás de las patas delanteras rodeando la tripa, sujetando dos almohadillas paralelas al espinazo, rellenas de paja de encañadura. Otra correa rodea el pecho para que la albarda no se deslice hacia atrás. Bajo el rabo se coloca la «tarre», que evita que la carga se mueva hacia adelante. Todo ello asegura que el peso quede estable, desde la cruz hasta las ancas, sin causar daño al animal. En la cabeza le colocaremos la «cabezada» a la que ataremos el «ramal» y ya disponemos del mando para dirigirle.
A esto se añaden algunos implementos dependiendo del trabajo: el «anterrollo» para el tiro, la «narria» para el arrastre, el «serón» para sólidos, los «grijones» para la leña, el yugo para arar. Yo he visto arar un borrico junto con una novilla; Emiliano, un vecino del pueblo, siempre lo hacía y decía que tenía “la yunta del paraíso”, pues sus órdenes eran “para” y “so”. Las colleras con las que engalanaba a su asno para asistir a las romerías, llevando niños en un pequeño carrito, eran de auténtico lujo.
De todo lo dicho —y de mucho más que queda en el tintero— podemos deducir que nuestro protagonista es un ejemplar extraordinario. Con su ayuda ha contribuido al desarrollo de la vida humana desde tiempos inmemoriales. Domesticado, inteligente, obediente, sano y fuerte: rara vez se le ve enfermo. Nunca vi cojo a «Jardinero», como se llamaba nuestro burro. Jamás tropezó. Obedece a su amo, cuya voz reconoce y tienen memoria y distinguen la paja del grano. No son tontos, no. Si compras un burro y lo llevas a un prado nuevo por la tarde, al anochecer regresará a la cuadra donde durmió, siempre que no le hayas trabado la pata izquierda con una «manea» sujeta a un «hinque» con una cuerda.
Cuentan que un ingeniero de caminos llegó a la Sierra del Rincón para trazar una carretera. Ordenó que llevaran un burro con los ojos tapados al punto final del recorrido, lo orientaran hacia el inicio del trazado y lo dejaran andar. —Sigamos al burro—, dijo, —que él marcará el mejor camino—; y los demás clavaban estacas a su paso. Nunca tuvo accidente alguno en aquella carretera.
Burro, asno, borrico, jumento, pollino, onagro, rucio, garañón o acémila. Llámalo como quieras. Ya quedan pocos, pero recuerda que se han ganado el respeto y que mucho nos ayudaron a «tirar pa’lante».
Sirva este escrito como pequeño homenaje en el que la música brota de la flauta que el burro hizo sonar por casualidad.
Rafael de Frutos Brun
Noviembre 2025

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